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Alfred Nobel

 

ATRACCIÓN DE CIRCO

AUTOR: JESÚS QUINTANILLA OSORIO.

Avanzada la noche, mientras las titilantes estrellas colgaban del cielo profundamente azul, el hombre permanecía en su camerino, con la cabeza baja, mientras, lentamente, se quitaba la pegajosa cubierta de su piel, como si fuera una excrecencia de esta, pero con la apariencia de un amasijo de carne putrefacta, efecto conseguido gracias a los toques de maquillaje.
El traje, de tamaño natural, le cubría casi totalmente, y escondía la verdadera estructura ósea considerablemente menor, de su esqueleto.
El restante se completaba con largas zancas, confiriéndole el aspecto de un gigante.
El anuncio, afuera de la carpa, presentaba a ANDRÉ, EL MONSTRUO DE DOS CABEZAS, promoción con poca justicia, porque aparte de la suya natural, bastante pequeña, casi calva y cerúlea, la otra sólo formaba parte del relleno conseguido con pedazos de estopa y algunos apliques de pintura antes de la función, para darle realismo.
A esas horas de la madrugada, cuando los fantasmas nos envuelven con su halo de misterio, la feria permanecía dormida, con sus gigantes mecánicos abandonados, los tentáculos inmóviles, con restos de grasa, apenas apoyados en el suelo, mientras las barandillas y los escalones, algunos caídos por el ventarrón de la medianoche, se mostraban grotescos, despintados, con la pintura levantada en varios puntos, hábilmente disimulada por el camuflaje de las luces de colores de los juegos.
Serpentinas de colores, y montoncitos de confeti cubrían casi toda la superficie.
Algún trasnochado jugaba un solitario en un pequeño escondrijo, una pareja se hacía el amor en silencio, como si no quisieran turbar la quietud de ese mágico instante, y los más, dormían en espera del siguiente día, con sus luchas, sus sueños. Mientras, André se despojaba de su vestuario, ceremoniosamente, como si hacerlo deprisa, rompiese el hechizo de sus múltiples actuaciones.
Su vida, desde siempre, reflejaba una sucesión de fragmentos de todos los colores: Conoció el amor, en una pequeña artista, con el rostro de una mujer ya vivida, debió sumarse a la nostalgia cuando ella abandonó las atracciones para dedicarse a su propio restaurante en un viejo barrio parisino.
Casi todos sus familiares habían muerto, y el único sobreviviente, vivía cerca de un laboratorio clínico en las afueras de la Ciudad, muy próximo a la salida de Ruén.
André sabía de la nostalgia, entendía la soledad como una urgente necesidad de encontrarse consigo mismo, y nunca se dejaba abandonar por el miedo.
Casi había terminado.
Sólo le quedaban las manos.
Se las quitó con presteza, y las metió con el resto de sus miembros, al baúl negro.
Luego, arrastrándose con los muñones, se dirigió a su brevísimo camastro.
Al pasar por el espejo, no pudo disimular su asombro ante aquella espantosa máscara de su rostro, con un solo ojo y la nariz como una gota suspendida en medio de su cara, que le mostraban en toda la extensión de su fealdad.
Se recostó en las mullidas almohadas y cerró los ojos.
Mañana sería nuevamente, ANDRÉ, EL GIGANTE.