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Alfred Nobel


ANOCHE SOÑÉ UN CUENTO
QUE NO ES CUENTO

 

Podríamos decir sin asombro, que la sombra, aparte de acompañarnos el moribundo cuerpo, es un abecedario de sílabas que nos mueve los labios del alma. Anoche, yo mismo, noté al levantarme los labios secos en el espectro sombreado del espejo, después de tanto correr de miedo por entre las enlutadas estrellas que en vez de luz, llameaban como víboras atormentadas por la sangre de los terrícolas.

Al romper el alba, como siempre, tuve que levantarme para ir a la oficina, aunque me encontraba sumamente agobiado y cansado. Intenté organizar el pensamiento para quitarme el mal sabor de boca. La noche había sido un calvario de pasmos, siluetas que cobran vida con argumentos que condensan las palabras del aire, haciendo saltar centellas leoníferas en vez de la chispa del amor. Fue una trama repleta de acciones y reacciones, de cargas y descargas abrasadoras, un intenso movimiento de sensaciones que me dejaban sin aire. Llegué a pedir un poeta al servicio de urgencias parnasianos, por si había que operar a las personas de la tierra, ante tanto diluvio llameante, pues solo ellos saben adentrarse en la habitaciones interiores del yo, al ser titulares –por donación del Creador- de versos salvavidas y de salmos que son salves.

Confieso que sentí la tierra, llorar cañonazos de fuego y diluviar fogonazos de sangre, mientras una voz lejana, al oído, me recetó la medicina salvadora, lo que había que hacer, ante el estado de urgente necesidad del planeta. “Es necesario que los poetas salgan a la calle y se pongan a recitar por todos los rincones, a fin de que las rosas vuelvan a ser rosas y que el viento traiga lluvia que calme la tempestad y la furia del gentío humano”. ¡Cuánto me hubiera gustado ser un poeta en guardia, de los que guardan la belleza para donarla!. Me quedé sin palabras para rimar versos con beso, risa con sonrisa, porque el desamor había desterrado el amor del mapa humano. ¡Qué pena! El poeta que todos llevamos dentro, no salía, porque habíamos olvidado que el más níveo de los creadores ha de llevar consigo, la autenticidad para hacer brotar la belleza, bajo el sol de la verdad, un soplo de luz que anima e incita a vivir.

Con razón dijo un poeta, que amarse no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en una misma dirección. En la tierra nos falta ese amor y nos sobra ese mirarnos a nosotros mismos y volvernos más reyes que el rey de lo creado. El atrofiante individualismo que nos ronda y nos circunda, constituye la más radical contrariedad de la existencia. Se necesita recuperar esa paloma blanca que rompe fronteras, y ese vestido de seda que cubre el alma, para que nos nazca el albor en cada despertar.

En cualquier caso, tenía el presentimiento de que después de tomar una tostada con café acompañado por soledad, -jamás me ha gustado tomar un café solo- se me borraría la pesadilla del tormento, de ese infierno en llamas, que viví anoche. De pronto, un desconocido que peinaba canas, esperando leer el periódico que había tomado como suyo un pesado cliente, me sorprende con unas palabras, quizás para desahogarse, mientras mira una y mil veces el reloj.

- ¡Hay qué ver!, lleva el tío media hora –cronometrada por reloj- leyendo el periódico, como si fuera suyo. En los bares, la prensa está para hojear los titulares, ver las esquelas por si algún conocido se ha pasado a mejor vida, mirar si la suerte del juego nos ha sorprendido, y a lo sumo, leer los dimes y diretes de la crónica rosa y el horóscopo. Eso se entiende. Este lo examina todo. Ha empezado por lo local, luego ha ido a lo nacional, ha seguido por lo internacional...todo...todo...¡Pues que lo compre, puñeta!.
- Oiga –le digo en voz baja para que no se entere el convecino lector- , ¿y cómo tiene Vd tanto interés por leer este panfleto, que dice siempre lo mismo, buen hombre?.
- Ya, pero hoy es diferente. Quiero enterarme bien de lo que pasó...
- Pero... ¿qué pasó? –le pregunto aturdido-
- ¡Vaya noche que he pasado, no he pegado ojo!.
- Oiga, en eso coincidimos, yo he tenido una tremenda pesadilla...pero, dígame, ¿sucedió algo tremendo?.
- Mi vecino... –se le saltan las lágrimas-
- Su vecino, ¿qué?
- Mi vecino, mi vecino... esta noche le pegó una paliza de muerte a su mujer, y luego la quiso quemar, y a poco más nos destruye toda la urbanización.
- Ah, ¿si?. ¡Es tremendo!.
- Sí, yo era un machista empedernido, pero con esto del maltrato a la mujer, no puedo. Todo va fatal. España es un continuo divorcio a fuego, se disgregan las familias y en el País Vasco llamean las banderas bajo signos de desunión. Ya no importa la patria unida ni tampoco el españolear unidos. Y luego, el mundo, es otra bola de fuego...¡Cuánto dolor estamos sembrando!.
- ¿Cómo?. ¿Ha dicho una bola de fuego?... –De pronto me acuerdo de la pesadilla.
- Si, yo esta noche creía que estaba soñando uno de esos cuentos de terror que nos ofrece la tele, pero cuando desperté –ante tanto griterío- era mi vecino, que había decidido plantar fuego al vecindario, con su mujer como mártir.
- ¡Qué fuerte!. ¿Ha dicho fuego?
- Si, claro. Menos mal que acudieron como relámpagos los bomberos, ¡gente buena!.
- Oiga, le diré...que yo soñé con fuego también esta noche...
- ¿Sí?.
- Como se lo digo.
- ¿Dónde vive Vd?.
- En la calle de los Niños Luchando, número 13, portal cuarto, del ala derecha, piso quinto, letra W.
- ¡Anda, si somos vecinos!.
- ¿Qué?. ¿No me lo puede creer?.
- Si que lo que Vd. soñó, no ha sido un cuento, ha sido una realidad, a poco más arde Vd. dentro y no se entera, y toda la urbanización.
- ¡Toma castaña!. Esto de vivir en un piso, es como vivir en un oasis de soledades, nadie conoce a nadie, con tantas alas, pisos y portales.

Mi nuevo amigo, vuelve a mirar el reloj, y decide irse porque tiene que fichar en la Consejería de Asuntos de Bien Ser –lugar donde trabaja por oposición, según me aclara, insiste que no ha sido a dedo- . “Luego lo compraré. Espero que cuando nos veamos por el enjambre de la urbanización nos saludamos. De algo ha servido no poder leer el periódico. Aquí tiene Vd. a un amigo, José Caballo en Burro del Ayuntamiento de Granáaa”. Yo también le despido, y sin querer miro el reloj...También debo irme...El tiempo marca nuestros movimientos.

Pero sí, sí, había descubierto que es muy difícil discernir lo real de lo ficticio; puesto que la realidad supera a los cuentos del lobo y caperucita. Ahora tenemos más mercancías, pero menos trato humano, más ordenadores pero menos diálogo. El virus de la soledad como el virus de la violencia acrecienta la cultura de la muerte. Donde todo vale lo mismo, en definitiva nada vale nada. La pérdida de la dignidad de la persona, aunque tanto se propugna en los estados constitucionales, así como la desintegración del modelo familiar, es la gran mentira del siglo actual, porque no se encinta en el estado del corazón. Finalmente, mejor sigo siendo niño, pensé. Total soy niño y débil, pero todas las noches puedo vagar libremente por los tejados del cielo y bañarme en el amor de madre.


Autor : Víctor Corcoba Herrero