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Alfred Nobel

ANGEL DE LA ISLA
Dante Castro Arrasco

Habían dejado de sonar los tiros de cañón y todo era una sola ruina de concreto y sangre mezclada con fango oliendo a pólvora. No se podía oir mucho porque los oídos ya casi no servían para nada y nos iban sacando a los pocos que quedábamos con vida, reducidos a menos que esas ruinas oliendo a muerte y dolor, pateándonos y jalándonos de los cabellos. Tampoco se podía ver mucho en medio de las lágrimas, pero supimos gritar a pesar de que los golpes llovían y supimos rabiar consignas mientras nos alineaban delante de la zanja. Era el final de todos y había que gritar más fuerte para que no duelan las balas. Había que corear lo que apenas escuchábamos nos mandaba Ricardo, hasta que de Ricardo no quedó sino un guiñapo bañado en sangre y luego seguían los otros y los otros cayendo en medio de la zanja. Nadie sabe si fue por la mala puntería de los marinos o porque eso lo hacían sin mucha convicción, pero algunos íbamos a la fosa tan solo heridos, cubiertos por los cuerpos de los que venían atrás y luego por los escombros que causó la primera de las últimas explosiones. El siguiente estampido únicamente lo sentimos los que aún sobrevivíamos con el tórax aplastado por el peso de los cadáveres, buscando un espacio para respirar, empujando aquí y allá. Fuerzas ya ni tenía, peor si estaba perdiendo sangre por las heridas. Luego vino el vértigo, la náusea que sacudía mi ser, la oscuridad ondulando alrededor y el aire escaso y maloliente. Las sensaciones iban desapareciendo como en una zambullida en lo oscuro, como en un abismo pestilente cada vez más hondo y extenso donde no podía llegar ni un aliento, ni una voz del mundo ruidoso. Estaba desvaneciéndome, pero no perdí totalmente la conciencia: la que me quedaba, me decía que no todo estaba perdido.

Pasaron así minutos o tal vez horas. No era necesario contar el tiempo si eso no ayudaba. La desesperación me ganaba cada vez que los esfuerzos eran inútiles para liberar parte de mi cuerpo de los pedazos de roca y de los cadáveres que tenía encima. "¡Mística, carajo!", me decía a mi mismo. Seguía empujando sin saber qué valor tenía eso, si realmente valía la pena pelear para que arriba igual me fusilaran. Era como una lucha cuerpo a cuerpo contra todos los muertos dentro de la garganta de la tierra. Temblaba un poco y el brazo herido dolía en cada esfuerzo. El tumulto de cadáveres no cedía y sentí pánico de desmayanne en esos momentos. ¡Mística carajol", volvía a repetirme, pero el abismo insondable me iba ganando aún contra mi voluntad. Pronto comprendí que el que nunca se ha desmayado, poco sabe de esas cosas.

Imposible calcular cuánto tiempo estuve desmayado. Seguían los muertos abrazándome con fuerza, presionando a mi alrededor. Estaba sepultado aún, vivo aún, revolcándome en el mismo infierno y asumiendo el destino a solas. "Hay que seguir peleando", me dije dispuesto a no abandonar la lucha por sobrevivir. De pronto empiezo a sentir que alguien se queja, llora. Tal vez sin querer lo he empujado haciéndole doler las heridas.

-Mis piernas, mis piernas... No las siento -escucho que solloza.

Por un instante recuerdo los cañonazos sobre el pabellón azul, los primeros muertos de las explosiones y, sobre todo, los gritos del camarada Mateo, allí tendido y sin piernas. Me espanto de solo recordar.

-¿Quién eres?... ¿Mateo?

-Eulogio... Eulogio -repite como para que no lo pierda y voy tanteando hacia donde sale su voz.

Hay cadáveres que pesan mucho, otros que se despedazan con sólo tocarlos, pero el barro y la sangre abundante que chorrea por todos lados, facilita que uno resbale entre peso y peso. No puedo llegar hasta donde Eulogio me habla.

-Hay que vivir, Eulogio. Mística, Eulogio -digo sin muchas esperanzas de ser escuchado.

-No puedo más. ¿Quién hay?

-Mario soy -le respondo- No aflojes Eulogio, tenemos que salir.

Tengo de luchar con los obstáculos resbalando entre el barro de sangre y tierra, pero las fuerzas me abandonan por momentos. Descanso instantes solamente. No quiero desmayarme, no quiero morir así.

-Estamos vivos. Hay que seguir -me oigo decir, a pesar que la rodilla de alguien me aplasta la cara. La empujo hacia un lado y continúo abriendo camino.

-Mística, Eulogio...

-¿Mario de dónde?

-Huancavelica es mi tierra. Hay que hablar, compañero. Si dejas de hablar, puedes desmayarte.

-Ni aire siento, huevón. ¿Qué te puedo hablar? -solloza. Su voz se oye apagada, como si tuviera trapos encima de la boca.

-Hay muchos mártires, Eulogio. ¡No sucumbas! Habla del partido, de la guerra.

Podía recordarlo a Eulogio cuando recién lo trajeron a la isla. Vino muy maltratado por la tortura y le habían descoyuntado los brazos cuando lo colgaron allá en Lima. El día que le tocó su primera visita, no podía cargar a su guagua por el dolor de los brazos. Quiero seguir hablando en medio de la sofocación, pero ni eso puedo porque un cuerpo me presiona el abdomen. Una cabeza choca contra mi cabeza, el dolor es insoportable. Alguien mueve los cadáveres del lado izquierdo. Justamente sobre la herida del brazo, siento un hincón sin misericordia y me hace gritar.

-¿Quién hay?... ¿Quién? -susurra una tercera voz

-Mario soy... Presiona para otro lado hom... Me has hecho doler.

-Soy Rodrigo yo.

-¿Estás herido?

-Los brazos... Harta sangre me sale.

-¿Cómo presionas entonces?

-Con las piernas,compañero...

Ha parado de presionar, pero nos sumimos en silencio como esperando sentir más voces allá abajo, o encima, aunque es difícil saber dónde es arriba y dónde es abajo. Después de largos minutos de silencio, me preocupa Eulogio porque ya ni lo siento quejarse.

-Eulogio... Eulogio -susurro en su dirección.

-Mamacita... ¿Por qué tanta maldad? respondió delirante. Tenía un temblor constante en la voz, como el de los niños cuando contienen el llanto. Gritaba por momentos reclamando la imagen de la madre, como si no la pudiera retener y se le escapara.

-Este pobrecito nos va a delatar -sentí que me decía con poco aire la voz de Rodrigo.

-Déjalo delirar. Igual nos van a dar vuelta -le digo.

Ya no volvimos a escucharlo a Eulogio. Su voz se perdió entre tantos cadáveres que se empezaban a hinchar. Por más que lo llamábamos por su nombre no nos respondía, hasta que nos cansamos y supimos por fin que él también se había cansado para siempre.

-Tengo miedo... Miedo, compañero. Aire me falta, fuerzas también.

-Levanta, Rodrigo. Levanta. No estamos muertos. Hay que pelearla para salir. Hay que seguir hablándonos.

-¿Qué te puedo hablar? -dijo rompiendo a llorar.

-Pulseabas charango, Rodrigo. ¿Recuerdas?

-Ya ni manos tengo. ¿Para qué seguir? -respondió con una voz angustiosa que pugnaba por no extinguirse.

Sigo luchando para arrimar escombros, pedazos humanos, cuerpos que minuto a minuto, hora a hora, pesan más. El barro de sangre me ayuda a acomodarme entre muerto y muerto, pero a veces me encuentro con las paredes de la zanja y eso me desmoraliza. "¡Mística, carajo!"

-Mario... Mario... ¿Dónde estás compañero?

-Empújate con las piernas, Rodrigo. Resiste, tenemos que... Vamos a pelear... Hay que hacerles pagar por esto.

-Quiero irme a mi casa -llora de nuevo.

-Cuéntame eso. Cuéntame de tu casa, Rodrigo -ahora sé que tengo que buscarlo en medio de la oscuridad sofocante, que no saldré sin él.

-Mi casa... mi casa...

-Sigue. Sigue contando -mientras tanto iba arrimando y empujando cuanto podía en dirección de su voz. Otra vez me equivoco y mi ánimo se derrumba tan sólo de saber que he desperdiciado lo mejor de mis fuerzas tratando de empujar la pared de roca de la zanja. Encima se sienten pisadas de botas como galope de caballos.

-Cuenta Rodrigo, cuenta.

-Ya casi no puedo respirar.. No vamos a ninguna parte.

-¡Hay que luchar, Rodrigo! ¡Levanta carajo!

-Me llamo Elmer... Elmer Juscamaita.

-Entonces ya no agotes tu aire, Elmer. Pasa la voz con el pie. Haz sonar algo para buscarte -le dije cuando ya su voz se escuchaba apenas como un susurro sordo, como de moribundo. Luego ya no se sintió nada, sólo las ventosidades que botaban los cadáveres presionados unos con otros.

-Elmer... Rodrigo... -lo llamé varias veces.

Y esos minutos se hicieron horas, quizás ya eran días cuando supe lo que es llorar bajo tierra, entre la miasma de orines, excremento y sangre. Estaba solo. Los latidos del corazón que eran los latidos de las venas, de las sienes y de las ingles, y la herida del brazo izquierdo me recordaban a cada momento que estaba desgraciadamente vivo bajo el infierno y que mejor hubiera sido morir.

¡Levanta, Mario! ¡Levanta! ¡Piensa en el partido, en la guerra popular! Y recordé que eso era lo que gritaba el camarada Mateo cuando tratábamos de defender el pabellón a lanzazos, pedradas y cuchilladas, devolviéndoles las lacrimógenas, las vomitivas y hasta las granadas con los coladores de la cocina. Él ya sin piernas y desangrándose, seguía infundiéndonos valor entre lágrimas de moribundo. Y los marinos gritando como hienas cebándose en sangre humana, matando y matando, mientras que con nuestros cuerpos tratábamos de proteger a los rehenes. Y otra vez ahora el vértigo, la náusea y la caída irremediable en el vacío de sombras.

Desperté sin poder precisar cuánto tiempo había transcurrido: no importaba el tiempo ya y estaba solamente pendiente de mi propia impaciencia, de mi propio dolor. Poco a poco iba recuperando movimientos desplazándome a lo largo de la pared de rocas con más facilidad, pero a los extremos encontraba nuevamente el final áspero donde las uñas y los dedos no servían como herramientas, donde no había más allá del cemento y la piedra. Más abajo el tacto me iba revelando pedazos de madera, quizás pedazos de puerta o catres destruidos. Un listón me sirvió para separar o destrozar más los cadáveres en el mismo camino de regreso. De pronto un ruido y otro y otro: ¡Crisc! ¡Crisc! ¡Crisc! Aguzando el oído supe de donde venía y con el listón separé obstáculos hasta allí. Bajo unas tablas ocultas por los cuerpos, alguien raspaba con las uñas.

-¿Quién?... ¿Quién?... ¡Habla carajo! -grité.

Me respondió el lamento de un perro que trataba de salvar su vida. Era "Negro", el perro del pabellón al que engreíamos todos. Con muchas dificultades lo libré de lo que le aprisionaba y me reconoció por fin lamiéndome el rostro acartonado de sangre seca. Él mismo empezó a deslizarse entre bultos informes buscando camino; y yo, a ciegas, lo seguí tanteando los crespones de su lomo. Con sus patitas iba empujando lo que podía y lloraba cuando no conseguía nada; entonces le ayudaba para que pudiera pasar. Fui siguiéndolo así, ayudándonos los dos, como reconociéndonos compañeros de desgracia, y encontramos otra zanja que comunicaba con la nuestra. ¡Era uno de nuestros túneles! Ya no íbamos separando muertos gelatinosos sino pedazos de pared, cartones y trozos de colchón que habían servido para bloquear uno de los conductos de fuga preparados antes del genocidio. Su naricita buscaba y sus uñas seguían escarbando hasta que se puso inquieto, como loquito en esa sola dirección. En un supremo esfuerzo le ayudé sacando con las piernas un enorme resto de concreto y argamasa hacia arriba y nos cayó tierra a los ojos, pero no la suficiente como para que no sintiera en el rostro el chorro de luz solar. Así, abrazando al "Negro" contra mi pecho, salí hacia la superficie tropezándome y llenándome hasta donde pude los pulmones de aire costero.

Los uniformados corren hacia nosotros gritando lisuras y maldiciones; me arrancan al "Negro"de los brazos y me tienden a patadas en el piso. Uno de los infantes de marina hace sonar el cerrojo de su arma y por ese momento pienso que toda la lucha por sobrevivir ha sido en vano. Suena el tiro de fusil y cierro los ojos. Cuando los abro veo al "Negro" agonizando a mi lado, boqueando sangre, tratando de pararse y no pudiendo. Por último lo veo tendido de costado, levantando su orejita como despidiéndose. Ha muerto y las lágrimas empiezan de nuevo a correrme por el rostro.

-¡Llévenselo a las rocas y maten esa mierda de una vez! -grita el oficial señalándome.

Los infantes me conducen detrás de las rocas jalándome del brazo herido, pero hay discusión. No puedo entenderles. Llegando uno le dice a otro que se quite su casaca y su gorra. Que me ponga esas prendas, que es cosa de Dios el que me haya librado dos veces de la muerte.

-Si has sobrevivido al abaleamiento y a la explosión, es porque Dios lo ha querido... -me dice el más alto con el rostro cubierto de betún. "¿Qué dice éste? ¿Acaso me quieren para torturarme?", pensé temblando.

Regresamos trotando con el pelotón que se retiraba a las instalaciones de la isla. A media carrera trato de detenerrne para despedirme del "Negro", para darle el último adiós al que había sido mi compañero y salvador. Pero uno de los marinos otra vez me jala del brazo herido haciéndome doler.

-Puta que eres huevón, baboso de mierda... ¡Tanto muerto y tú llorando por un perro!... ¡Corre, corre, carajo! ¡A mi paso, Lázaro, a mi paso!

Atrás quedaba la fosa, el cuerpo del "Negro" tendido de costado y el sol muriendo detrás suyo, más allá de los escombros sobre el mar.

Callao, 1986