Poemas y Relatos. Portal de Literatura.



Alfred Nobel

 

Bien matungo, bien...

La pesca en sí, siempre la consideré un milagro.

Frente a tanta agua un anzuelo con una carnada, es poco menos que nada.

Y si sumamos esto a que al pez no lo vemos, que no lo podemos obligar a que tome nuestro cebo, debemos coincidir que nuestro anzuelo se torna diminuto e insignificante. Ahí la pesca se convierte en un milagro.

Con gente que uno quiere, más milagro todavía.

A los quince años ya era un pescador avezado, tenía varios tipos de “milagros” en mi haber: dorado, surubí, patí, boga, dientudo, tararira, bagres en todas sus expresiones, corvinas. De algunos un solo ejemplar, de otros muchísimos, más alguna otra especie que por ser abundante – como la mojarra – no amerita ningún logro como para tenerlo en cuenta.

Pero había una materia pendiente: nunca había pescado un pejerrey. Siempre que intentaba pescar algún “ flecha de plata” siempre pasaba algo, llovía, se rompía el coche en el que íbamos a ir, ese día no había pique, o simplemente todos pescaban alguno menos yo. Invierno, verano, ríos, lagunas y salvo uno pequeñito de unos ocho centímetros que pesqué en el Paraná y que obviamente devolví al agua nunca de un anzuelo mío salió alguno que me hiciera también un pescador de pejerrey.

Pero como dije antes, la pesca es un constante milagro, a veces porque pescamos y otras porque compartimos la vida con otra gente.

Un día con mi papá y un amigo, Aldo – “zapallito” para los amigos – intentamos pescar algún pejerrey, el lugar: la laguna de Chascomús en Buenos Aires, la fecha no era la ideal, 16 de diciembre y me acuerdo hasta el año: 1974.

Aldo – zapallito – me había bautizado con un apodo muy singular, me decía “matungo”, dada mi escasa suerte con los pejerreyes grandes que llamamos de esta manera.

Subimos al bote y luego de unos minutos de motor paramos casi en el centro de la laguna. Con mucha tranquilidad armé, encarné con las mojarritas que habíamos comprado en el lugar, lancé al agua las tres boyas palito que componían la pejerreycera y a esperar. No habían transcurrido ni quince minutos cuando la boya del medio tuvo un movimiento “raro”. Se “paró” e inició una corrida que la recordaré por siempre, una corrida sensacional, hacia mi izquierda, vertiginosa, que hacía acercar mi línea hacia la de Aldo con el peligro inminente de una “galleta” para los dos. De no haber sido por ello lo hubiera dejado a ese pez que siguiera corriendo todo el día, como si yo fuera el eje de una calesita imaginaria para que me siguiera deleitando esa visión de la boya corriendo por el agua. El aviso de mi papá – ya con tinte de reto – me hizo reaccionar “... clavalo! ...clavalo!...” decía.

Y lo clavé. Lo clavé y esa sensación que tuve fue espectacular, corrida de nuevo, salto, magia, alegría, corrida otra vez...

Así llegó mi primer pejerrey a ese bote. Lo subí, lo miré largo rato, estaba extasiado ante tanta belleza y al darme vuelta observé que Aldo me miraba con esa mirada que solamente brindan los amigos y con un gesto similar a una bendición me dijo: “... bien matungo, por fin!...”. El y mi viejo me alentaron durante toda la lucha, sabían que era mi primer pejerrey...

Y aquí la historia tendría que terminar así de bien, así de feliz, pero no, hay más. Ese día pesqué siete pejerreyes, todos de más de 400 gramos, la pesca total del bote: 15 piezas, fui, ese día, el que más pesqué.

Aprendí también ese día que no importaba la cantidad que uno sacara, porque mi papá y “zapallito” estaban más contentos que yo, aprendí a disfrutar de la pesca con los amigos y con la gente que uno quiere, porque en algún momento eso se extraña.

Y si bien pesqué muchos pejerreyes desde aquel entonces, sin duda ese día guarda un recuerdo preferencial en mi memoria. Al igual que Aldo “zapallito”, quién ya no se encuentra más entre nosotros, y al recordarlo en esta historia, humildemente, uno lo rescata del olvido y eso hace para mi que esté vivo para siempre.

Será a lo mejor que estos recuerdos me hacen sentir un afecto muy especial por la pesca del pejerrey y por ello debe ser que cada vez que saco una pieza del agua sienta en mi mente aquello de “... bien matungo, bien...”

Autor : Ruben Fondati