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Alfred Nobel


 


La leyenda de El dorado

No hace mucho tiempo se descubrió en una laguna de Siecha, en tierras de Nueva Granada, un pequeño grupo escultórico, que despertó la curiosidad de estudiosos y profanos; a su indudable interés arqueológico se unía la circunstancia de estar hecho en purísimo oro. Representaba, de modo bastante tosco, una balsa de oro, sobre la cual se agrupaban hasta diez pequeñas figuras humanas, también de oro.
Pues esta minúscula y ruda muestra de un arte primitivo nos pone en relación con una costumbre que, practicada desde épocas remotas (acaso prehistóricas), llegó a alcanzar visos de leyenda: la leyenda de Eldorado.
En la aldea de Guatavitá, enclavada en lo que más tarde fue Nueva Granada, se practicaba desde tiempos muy remotos un extraño rito: En un día determinado, uno de los jefes del poblado desnudaba su cuerpo y lo untaba cuidadosamente con una sustancia pegajosa. Seguidamente se cubría de pies a cabeza con una fina capa de purísimo oro molido, que, adherido a su piel, le daba un aspecto extraordinario. Éste era el «hombre dorado». Se aproximaban a él sus compañeros, y, entre ceremonias, le conducían a las orillas de un lago próximo y le colocaban sobre una balsa. Impulsaban vigorosamente la almadía hasta llegar al centro del gran lago. En aquel momento, el «hombre dorado» saltaba al agua y dejaba que se desprendiera de su cuerpo aquella refulgente y magnífica vestidura. Sobre las aguas del lago aparecía una hermosa mancha dorada, que lentamente se hundía hasta desaparecer. Y los hombres regresaban, después de concluir su mágico ofrecimiento, que debía atraer los beneficios divinos sobre la aldea.
Es de suponer que a estas misteriosas prácticas acompañaría un minucioso ritual que desconocemos, debido a que cuando los españoles tuvieron por vez primera conocimiento de tal ceremonia (1527), hacía ya unos treinta años que los sanguinarios indios Muysca, de Bogotá, habían exterminado por completo a los pacíficos habitantes de Guatavitá. A pesar de la extensión mítica que alcanzó la tradición de Eldorado - señuelo de la audacísima codicia de los españoles, - hoy se defiende documentalmente la categoría histórica de esta narración, si bien se admite que, con posterioridad, sufrió deformaciones Y variantes que justifican, por ejemplo, la un poco absurda contracción de la palabra Eldorado, en lugar de «El hombre dorado». Arrojado de su lugar de origen, el mito erró de un punto a otro, alterándose y confundiéndose con otros semejantes. Poco a poco, ya no era un «hombre dorado», sino una tribu de oro. Y, finalmente fue un país de ensueño: El dorado


Anad Antonella