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Alfred Nobel

 

 

PERO TAMBIÉN CANTASTE...

Delfina Acosta

 

Pero también cantaste a las muchachas

de boca roja como una ciruela;

tus versos las pintaba azucaradas,

en el balcón, soplando una candela.

De sus mejillas se nutrió la gota,

la sal y la pleamar de tus poemas.

Sus ojos eran lámparas en noches

cuando no había espejos ni luciérnagas.

Ninguno, como tú, cantó al amor.

Ninguno, como tú, les hizo bellas

a las mujeres de redondos pechos,

de pies pequeños, de rojizas mechas.

Nombraste a todas: quién no tuvo turno

en el elogio de tu voz contenta.

Con dulces uvas de tu Chile amargo

brindaste por la luz de sus caderas.

Usaste, a veces, rosas de sus madres,

geranios de sus hijas y violetas,

con que alfombrando fuiste sus pisadas.

Las últimas, se hicieron las primeras.

Silbaste a la mujer. Silbando sigues

aunque acostado y yerto en larga hierba.

No dormirá tu voz, salada y larga.

Ni habrán de apaciguarse tus poemas.