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Alfred Nobel

 

LA SALA LIMPIA DEL OLOR A RANCIO
DE
UNA VIEJA

A Nicolaza Romero

Sobre mi abuela Nicolaza han caído los años.

Pero éstos no la han derrotado.

Yo la comencé a recordar desde mis siete años.

Cuando mi abuelo murió yo no sé cuantos tenía.

La noche que mi abuelo Gabriel, ya muerto,

me sacó del rancho, cogièndome por uno de

los dedos del pie, dándome vueltas.

Yo la quise más.

Eran las vueltas que ella conocía de la vida.

Yo vi brotar sus primeras lágrimas.

Osvaldo desapareció en su viaje a Venezuela.

Pablo, otro de mis tíos, también murió.

Sus nietos entraban y salían de su casa

de todos y para todos alcanzaba.

Ella era el tiempo mismo.

Ahora se ve vieja y abandonada.

Las largas caminatas a Orihueca

se han trocado en olvido.

La ciudad que ella abandonaba por Isabelita

ha herido a sus vástagos.

Nadie la quiere en su casa.

La insensibilidad es la dueña de sus corazones.

Prefieren el cuarto vació para la T.V. a colores.

La sala limpia del olor a rancio de una vieja.

La tacañería no permite rasgar el bolsillo.

Adoran la fragilidad de sus platos

y
Se estremecen por el llanto del equipo de sonido.

“ Qué muera rápido’’ he oído decir de la vieja Romero.

Ya deben haber comprado el lote

para enterrarte con floristería de primera.

El carruaje suplantará la visita que esperaste un día.

FEDERICO SANTODOMINGO