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Alfred Nobel

 

 

SONETOS AMOROSOS

1

Cuando risueño se levanta el día
Se agrava con las horas mi tormento
Y crece de continuo el sentimiento
Cuando cae la noche oscura y fría:

Lejos de la quietud y la alegría
Descanso busco, pero no lo siento.
Porque si es que reposo algún momento
Es cuando me desmaya la agonía.

Vuelve otra vez el día congojoso
Y me encuentra del modo que me deja.
Despierto sin alivio ni consuelo.

Tu, Roselia, procura mi reposo,
No renueves la causa de mi queja,
Haz por que mude de semblante el cielo.


2

Amo ¡triste de mí! amo, y tomara
No amar, Roselia cruel, que si así fuera
Los males que ahora temo, no temiera,
Las penas que ahora paso, no pasara.

Libre, de tus crueldades me apartara,
Y del amor tirano me riera,
que si Menardo al fin no te quisiera
Seguro de traiciones descansara;

Mas si no puede ser que yo te olvide,
¿Para qué me despojas del sosiego
Cuando toda mi gloria en ti reside?

Piedad ninguna en fin halla mi ruego
En quien así traidora me despide
Aunque a cenizas me reduzca el fuego.


3

Pues se acercan, Roselia, los mementos
En que darás entrada a otro amor fino,
Convirtiendo mi placido destino
En mal sufridas horas de tormentos:

No apures mis quejosos sentimientos
De suerte que mi amor después sin tino
Para volverse a ti no halle camino.
Ni para procurarte tenga alientos.

Si estimas como tuyo mi albedrío
No me pierdas de vista ni un instante,
Aunque sea forzoso tu desvío.

Que te sea el aviso interesante,
Pues corazón, Roselia, como el mío,
No lo hallarás tan tuyo en otro amante.


4

¡Oh qué dulce amor cuando comienza!
Pero ¡qué amargo es y denegado,
Qué infiel, qué libre, injusto, osado
Cuando cumplido su apetito piensa!

Mira sin atención la recompensa
Y todos los favores que ha logrado
Los borra con olvido descuidado,
Cuando no los iguala con la ofensa.

Lo más querido ve con repugnancia,
De lo que puedo apenas evitarme
Por ser cuasi tu amor duro despecho.

No apures, no, Roselia, mi constancia,
Que si pretendes pérfida olvidarme
Repara bien el daño que me has hecho.


5

Cuando con disimulo y con engaños
Del merito amoroso me desnudas,
Entonces con mayor fuerza me ayudas
A ofrecerte mis días y mis años.

Cuando arrostro a las penas y los daños,
Y aun contra las saetas mas agudas,
El amor que te tengo tú lo dudas,
Y sábenlo, Roselia, los extraños.

Todos dicen que te amo, y que delira
Mi fino corazón, pues es constante
El amor que te tengo reiterado.

Tan sólo para ti digo mentira,
Y es posible, Roselia, que tu amante
Logre no ser creído, siendo amado?


6

Amo, pero ¡qué digo! ¡dolor fiero!
Muero, rabio, ¡ay de mí! pues cuando loro,
Si me obliga a la vida el bien que adoro
Es un motivo cruel del mal que muero.

En uno y otro estado considero
Neutral mi vida, pues con vil desdoro
En las contrarias ansias que atesoro
me irrita y causa ya lo que más quiero.

Busco en vez del sosiego la fatiga
Y hallo en lugar de amor un ciego abismo
Que cuanto encuentro en él me desobliga,

Triunfo soy de su loco despotismo
Y siendo tú, Roselia, mi enemiga,
¿Qué paz esperar puedo de mi mismo?


7

Acaba de salir, sagrada aurora,
Acaba de salir entre pintadas
Nubes, que con sus luces regaladas
El mismo campo reverdece y dora.

Con tu amable espectáculo enamora
Las aves que te esperan desveladas,
Y devuelve las horas ya pasadas
A todo el triste que en la noche llora.

Mueve las fuentes y las blandas hojas,
Y con todo viviente en movimiento
Ya que al rendido amante desenojas.

Propaga tus delicias por el viento,
Y pues es causa Lais de mis congojas,
Dile, ¿por qué me priva del contento?


8

Tengo mi corazón tan lacerado
Que aunque los golpes sufre, ya no siente,
Pues tu insano rigor injustamente
En duro pedernal le ha transformado.

Cuanto hay que padecer he soportado
Con tu traición, Roselia, pues cruelmente
Me has dejado la vida solamente
Para llorar tu olvido inesperado.

¿Qué tienes que esperar? Prevén la herida
Si es que tienes piedad de mi tormento,
Y, ya que es tuya, quítame la vida;

Acabe con mi muerte el sentimiento,
Que ya si no resuelves el matarme
Ninguna cosa buena puedes darme.


9

Es tan firme, Roselia, el amor mío,
Que primero verás sin orden luego
Arder la blanca nieve, helar el fuego
Y revolver su curso atrás el río:

Antes que experimentes mi desvío
Saldrá en la noche el sol pálido y ciego,
Pues antes que me mude sin sosiego
Por si lo hará un peñasco inmoble y frío

Nacerá del temor dulce esperanza
Y tierna compasión del bronce duro
Primero que yo intente abandonarte.

Todo verás sujeto a la mudanza;
Todo tendrá su fin, más te aseguro
Que lograré morir sin olvidarte.


10

Aunque yo, mi Roselia, considero
Que tu infiel corazón me das partido,
Con mucha más lealtad lo he recibido
Devolviéndote el mío por entero.

Tus finezas no igualan a mi esmero,
Dando el corto pedazo que has tenido,
Pues yo sin vil reparo te he ofrecido
Todo el bien que a ninguno dar espero.

Sólo soy en mi amor, jamás te iguales
A quien sabe finísimo ofrecerte
Su corazón, sin partes desiguales.

Todo favor que espero merecerte
Es, Roselia, la causa de mis males,
¿E intentas a mi genio parecerte?


11

¿No ves cómo Hidropico sediento
Se entrega al agua con presteza loca,
Y por más que la bebe, gusta y toca
Le incita con antojo más violento?

Aun es poco del agua el elemento
Para templar el ansia de su boca,
Pues bebiendo le enciende y le provoca
La interminable sed de su tormento.

Así, Roselia cruel, de amor doliente,
Al Hidropico insano fiel imito
Pretendiendo saciar mi ardor vehemente.

A tus labios me lleva el apetito,
Mas ¡ay! que en ellos hallo sed ardiente
Por más que el refrigerio solicito.

Manuel Justo de Rubalcaba