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Alfred Nobel

 



SATIRA SEGUNDA A ARNESTO
Perit omnis in illo nobilitas, cujus laus est in origine sola.


(Lucano, Carm. ad Pison.)

¿De qué sirve

la clase ilustre, una alta descendencia,

sin la virtud?

¿Ves, Arnesto, aquel majo en siete varas

de pardomonte envuelto, con patillas

de tres pulgadas afeado el rostro,

magro, pálido y sucio, que al arrimo

de la esquina de enfrente nos acecha

con aire sesgo y baladí? Pues ése,

ése es un nono nieto del Rey Chico.

Si el breve chupetín, las anchas bragas

y el albornoz, no sin primor terciado,

no te lo han dicho; si los mil botones,

de filigrana berberisca que andan

por los confines del jubón perdidos

no lo gritan, la faja, el guadijeño,

el arpa, la bandurria y la guitarra

lo cantarán. No hay duda: el tiempo mismo

lo testifica. Atiende a sus blasones:

sobre el portón de su palacio ostenta,

grabado en berroqueña, un ancho escudo

de medias lunas y turbantes lleno.

Nácenle al pie las bombas y las balas

entre tambores, chuzos y banderas,

como en sombrío matorral los hongos.

El águila imperial con dos cabezas

se ve picando del morrión las plumas

allá en la cima, y de uno y otro lado,

a pesar de las puntas asomantes,

grifo y león rampantes le sostienen.

Ve aquí sus timbres, pero sigue, sube,

entra y verás colgado en la antesala

el árbol gentilicio, ahumado y roto

en partes mil; empero de sus ramas,

cual suele el fruto en la pomposa higuera,

sombreros penden, mitras y bastones.

En procesión aquí y allí caminan

en sendos cuadros los ilustres deudos,

por hábil brocha al vivo retratados.

¡Qué gregüescos! ¡Qué caras! ¡Qué bigotes!

El polvo y telarañas son los gajes

de su vejez. ¿Qué más? Hasta los duros

sillones moscovitas y el chinesco

escritorio, con ámbar perfumado,

en otro tiempo de marfil y nácar

sobre ébano embutido, y hoy deshecho,

la ancianidad de su solar pregonan.

Tal es, tan rancia y tan sin par su alcurnia,

que aunque embozado y en castaña el pelo,

nada les debe a Ponces ni Guzmanes.

No los aprecia, tiénese en más que ellos,

y vive así. Sus dedos y sus labios

del humo del cigarro encallecidos,

índe son de su crianza. Nunca

pasó del B-A ba. Nunca sus viajes

más allá de Getafe se extendieron.

Fue antaño allá por ver unos novillos

junto con Pacotrigo y la Caramba.

Por señas, que volvió ya con estrellas,

beodo por demás, y durmió al raso.

Examínale. ¡Oh idiota!, nada sabe.

Trópicos, era, geografía, historia

son para el pobre exóticos vocablos.

Dile que dende el hondo Pirineo

corre espumoso el Betis a sumirse

de Ontígola en el mar, o que cargadas

de almendra y gomas las inglesas quillas

surgen en Puerto Lápichi, y se levan

llenas de estaño y de abadejo. ¡Oh!, todo,

todo lo creerá, por más que añadas

que fue en las Navas Witiza el santo

deshecho por los celtas, o que invicto

triunfó en Aljubarrota Mauregato.

¡Qué mucho, Arnesto, si del padre Astete

ni aun leyó el catecismo! Mas no creas

su memoria vacía. Oye, y diráte

de Cándido y Marchante la progenie;

quién de Romero o Costillares saca

la muleta mejor, y quién más limpio

hiere en la cruz al bruto jarameño.

Haráte de Guerrero y la Catuja

larga memoria, y de la malograda,

de la divina Lavenant, que ahora

anda en campos de luz paciendo estrellas,

la sal, el garabato, el aire, el chiste,

la fama y los ilustres contratiempos

recordará con lágrimas. Prosigue,

si esto no basta, y te dirá qué año,

qué ingenio, qué ocasión dio a los chorizos

eterno nombre, y cuántas cuchilladas,

dadas de día en día, tan pujantes

sobre el triste polaco los mantiene.

Ve aquí su ocupación; ésta es su ciencia.

No la debió ni al dómine, ni al tanto

de su ayo mosén Marc, sólo ajustado

para irle en pos cuando era señorito.

Debiósela a cocheros y lacayos,

dueñas, fregonas, truhanes y otros bichos

de su niñez perennes compañeros;

mas sobre todo a Pericuelo el paje,

mozo avieso, chorizo y pepillista

hasta morir, cuando le andaba en torno.

De él aprendió la jota, la guaracha,

el bolero, y en fin, música y baile.

Fuele también maestro algunos meses

el sota Andrés, chispero de la Huerta

con quien, por orden de su padre, entonces

pasar solía tardes y mañanas

jugando entre las mulas. Ni dejaste

de darle tú santísimas lecciones,

oh Paquita, después de aquel trabajo

de que el Refugio te sacó, y su madre

te ajustó por doncella. ¡Tanto puede

la gratitud en generosos pechos!

De ti aprendió a reírse de sus padres,

y a hacer al pedagogo la mamola,

a pellizcar, a andar al escondite,

tratar con cirujanos y con viejas,

beber, mentir, trampear, y en dos palabras,

de ti aprendió a ser hombre... y de provecho.

Si algo más sabe, débelo a la buena

de doña Ana, patrón de zurcidoras,

piadosa como Enone, y más chuchera

que la embaidora Celestina. ¡Oh cuánto

de ella alcanzó! Del Rastro a Maravillas,

del alto de San Blas a las Bellocas,

no hay barrio, calle, casa ni zahúrda

a su padrón negado. ¡Cuántos nombres

y cuáles vido en su librete escritos!

Allí leyó el de Cándida, la invicta,

que nunca se rindió, la que una noche

venció de once cadetes los ataques,

uno en pos de otro, en singular batalla.

Allí el de aquella siete veces virgen,

más que por esto, insigne por sus robos,

pues que en un mes empobreció al indiano,

y chupó a un escocés tres mil guineas,

veinte acciones de banco y un navío.

Allí aprendió a temer el de Belica

la venenosa, en cuyos dulces brazos

más de un galán dio el último suspiro;

y allí también en torpe mescolanza

vio de mil bellas las ilustres cifras,

nobles, plebeyas, majas y señoras,

a las que vio nacer el Pirineo,

des Junquera hasta do muere el Miño,

y a las que el Ebro y Turia dieron fama

y el Darro y Betis todos sus encantos;

a las de rancio y perdurable nombre,

ilustradas con turca y sombrerillo,

simón y paje, en cuyo abono sudan

bandas, veneras, gorras y bastones

y aun (chito, Arnesto) cuellos y cerquillos;

y en fin, a aquellas que en nocturnas zambras,

al son del cuerno congregadas, dieron

fama a la Unión que de una imbécil Temis

toleró el celo y castigó la envidia.

¡Ah, cuánto allí la cifra de tu nombre

brillaba, escrita en caracteres de oro,

oh Cloe! solo deslumbrar pudiera

a nuestro jaque, apenas de las uñas

de su doncella libre. No adornaban

tu casa entonces, como hogaño, ricas

telas de Italia o de Cantón, ni lustros

venidos del Adriático, ni alfombras,

sofá, otomana o muebles peregrinos.

Ni la alegraban, de Bolonia al uso,

la simia, il pappagallo e la spinetta.

La salserilla, el sahumador, la esponja,

cinco sillas de enea, un pobre anafe,

un bufete, un velón y dos cortinas

eran todo tu ajuar, y hasta la cama,

do alzó después tu trono la fortuna,

¡quién lo diría!, entonces era humilde.

Púsote en zancos el hidalgo y diote

a dos por tres la escandalosa buena

que treinta años de afanes y de ayuno

costó a su padre. ¡Oh, cuánto tus jubones,

de perlas y oro recamados, cuánto

tus francachelas y tripudios dieron

en la cazuela, el Prado y los tendidos

de escándalo y envidia! Como el humo

todo pasó: duró lo que la hijuela.

¡Pobre galán! ¡Qué paga tan mezquina

se dio a tu amor! ¡Cuán presto le feriaron

al último doblón el postrer beso!

Viérasle, Arnesto, desolado, vieras

cuál iba humilde a mendigar la gracia

de su perjura, y cuál correspondía

la infiel con carcajadas a su lloro.

No hay medio; le plantó; quedó por puertas...

¿Qué hará? ¿Su alivio buscará en el juego?

¡Bravo! Allí olvida su pesar. Prestóle

un amigo... ¡Qué amigo! Ya otra nueva

esperanza le anima. ¡Ah! salió vana...

Marró la cuarta sota. Adiós, bolsillo...

Toma un censo... Adelante; mas perdióle

al primer trascartón, y quedó asperges.

No hay ya amor ni amistad. En tan gran cuita

se halla ¡oh Zulem Zegrí! tu nono nieto.

¿Será más digno, Arnesto, de tu gracia

un alfeñique perfumado y lindo,

de noble traje y ruines pensamientos?

Admiran su solar el alto Auseva,

Limia, Pamplona o la feroz Cantabria,

mas se educó en Sorez. París y Roma

nueva fe le infundieron, vicios nuevos

le inocularon; cátale perdido,

no es ya el mismo. ¡Oh, cuál otro el Bidasoa

tornó a pasar! ¡Cuál habla por los codos!

¿Quién calará su atroz galimatías?

Ni Du Marsais ni Aldrete le entendieran.

Mira cuál corre, en polisón vestido,

por las mañanas de un burdel en otro,

y entre alcahuetas y rufianes bulle.

No importa: viaja incógnito, con palo,

sin insignias y en frac. Nadie le mira.

Vuelve, se adoba, sale y huele a almizcle

desde una milla... ¡Oh, cómo el sol chispea

en el charol del coche ultramarino!

¡Cuál brillan los tirantes carmesíes

sobre la negra crin de los frisones!...

Visita, come en noble compañía;

al Prado, a la luneta, a la tertulia

y al garito después. ¡Qué linda vida,

digna de un noble! ¿Quieres su compendio?

Puteó, jugó, perdió salud y bienes,

y sin tocar a los cuarenta abriles

la mano del placer le hundió en la huesa.

¡Cuántos, Arnesto, así! Si alguno escapa,

la vejez se anticipa, le sorprende,

y en cínica e infame soltería,

solo, aburrido y lleno de amarguras,

la muerte invoca, sorda a su plegaria.

Si antes al ara de Himeneo acoge

su delincuente corazón, y el resto

de sus amargos días le consagra,

¡triste de aquella que a su yugo uncida

víctima cae! Los primeros meses

la lleva en triunfo acá y allá, la mima,

la galantea... Palco, galas, dijes,

coche a la inglesa... ¡Míseros recursos!

El buen tiempo pasó. Del vicio infame

corre en sus venas la cruel ponzoña.

Tímido, exhausto, sin vigor... ¡Oh rabia!

El tálamo es su potro...

Mira, Arnesto,

cuál desde Gades a Brigancia el vicio

ha inficionado el germen de la vida,

y cuál su virulencia va enervando

la actual generación. ¡Apenas de hombres

la forma existe...! ¡Adónde está el forzudo

brazo de Villandrando? ¿Dó de Argüello

o de Paredes los robustos hombros?

El pesado morrión, la penachuda

y alta cimera, ¿acaso se forjaron

para cráneos raquíticos? ¿Quién puede

sobre la cuera y la enmallada cota

vestir ya el duro y centellante peto?

¿Quién enristrar la ponderosa lanza?

¿Quién?... Vuelve ¡oh fiero berberisco, vuelve,

y otra vez corre desde Calpe al Deva,

que ya Pelayos no hallarás, ni Alfonsos

que te resistan; débiles pigmeos

te esperan. De tu corva cimitarra

al solo amago caerán rendidos...

¿Y es éste un noble, Arnesto? ¿Aquí se cifran

los timbres y blasones? ¿De qué sirve

la clase ilustre, una alta descendencia,

sin la virtud? Los nombres venerandos

de Laras Tellos, Haros y Girones,

¿qué se hicieron? ¿Qué genio ha deslucido

la fama de sus triunfos? ¿Son sus nietos

a quienes fía su defensa el trono?

¿Es ésta la nobleza de Castilla?

¿Es éste el brazo, un día tan temido,

en quien libraba el castellano pueblo

su libertad? ¡Oh vilipendio! ¡Oh siglo!

Faltó el apoyo de las leyes. Todo

se precipita; el más humilde cieno

fermenta, y brota espíritus altivos,

que hasta los tronos del Olimpo se alzan.

¿Qué importa? Venga denodada, venga

la humilde plebe en irrupción y usurpe

lustre, nobleza, títulos y honores.

Sea todo infame behetría: no haya

clases ni estados. Si la virtud sola

les puede ser antemural y escudo,

todo sin ella acabe y se confunda.

Gaspar Melchor de Jovellanos