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Alfred Nobel

 

ANTONIO PLAZAS (1833-1882)

HOJAS SECAS


Tú despertaste el alma descreída 
Del pobre que tranquilo y sin ventura, 
en el Gólgota horrible de la vida 
agotaba su cáliz de amargura. 
Indiferente a mi fatal castigo 
me acercaba a la puerta de la parca 
Más infeliz que el último mendigo, 
más orgulloso que el primer monarca. 
Pero te amé; que a tu capricho plugo 
ennegrecer mi detestable historia... 
quien nació con entrañas de verdugo 
sólo dando tormento encuentra gloria. 
Antes de que te amara con delirio 
viví con mis pesares resignado; 
hoy mi vida es de sombra y de martirio; 
hoy sufro lo que sufre un condenado. 

Perdió la fe mi vida pesarosa; 
sólo hay abismos a mis pies abiertos... 
quiero morir... ¡feliz el que reposa 
en el húmedo lecho de los muertos!... 
Nacer, crecer, morir. He aquí el destino 
de cuanto el orbe desgraciado encierra; 
¿qué importa si al fin de mi camino 
voy a aumentar el polvo de la tierra? 
¿Y qué la tempestad? ¿Qué la bonanza? 
¿Ni qué importa mi futuro incierto, 
si ha muerto el corazón, y la esperanza 
dentro del corazón también ha muerto?... 
¿Sabes por qué te amé?... Creí que el destino 
te condenaba como a mí, al quebranto, 
y ebrio de amor, inmaterial, divino. 


Fuiste mi fe, mi redención, mi arcángel, 
te idolatró mi corazón rendido. 
con la natura mística del ángel, 
con el vigor de Lucifer caído, 
Que tengo un alma ardiente y desgraciada 
alma que mucho por amar padece; 
no sé si es miserable o elevada, 
sólo sé que a ninguna se parece. 
Alma infeliz, do siempre se encontraron 
el bien y el mal en batallar eterno; 
alma que Dios y Satanás forjaron 
con luz de gloria y lumbre del infierno. 
Esta alma es la mitad de un alma errante, 
que en mis sueños febriles reproduzco, 
y esa mitad que busco delirante, 
nunca la encontraré: pero... ¡la busco! 
Soy viejo ya, mi vida se derrumba 
y sueño aún con plácidos amores, 
que en vez del corazón llevo una tumba, 
y los sepulcros necesitan flores. 
Te creí la mitad de mi ser mismo; 
pero eres la expiación, y me parece 
ver en tu faz un atrayente abismo, 
lleno de luz que ciega y desvanece. 


No eres mujer, porque la mente loca 
te ve como faceta de brillante 
eres vapor que embriaga y que sofoca. 
aérea visión, espíritu quemante. 
Yo que lucho soberbio con la suerte; 
y que luchar con el demonio puedo, 
siento latir mi corazón al verte... 
ya no quiero tu amor... me causas miedo. 


Tú me dejas, mujer, eterno luto; 
pero mi amor ardiente necesito 
arrancar de raíz; porque su fruto 
es fruto de dolor, fruto maldito. 
Quiero a los ojos arrancar la venda, 
quiero volver a mi perdida calma, 
quiero arrancar mi amor, aunque comprenda 
que al arrancar mi amor, me arranque el alma.