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Alfred Nobel

 



EL HOLGADERO

JOSE VELARDE

(FRAGMENTOS)
Como el sol arreciaba su coraje
y en aquel mismo sitio un limonero
echaba a la vereda su follaje,
sentáronse a la orilla del sendero;
mas tanto y tanto el sol los perseguía,
que huyendo de su lumbre abrasadora,
tuvieron que internarse por la umbría.

Allí dentro, ¡qué paz tan seductora!
muda la tierra, el aire adormecido,
solamente el silencio interrumpía
el golpe de algún fruto desprendido,
la seca rama que al ceder crujía,
de la abeja el zumbido,
o el aliento vibrante de Alegría.

El deshojado azahar el suelo alfombra,
llena el sol, traspasando la espesura,
de penumbrosos círculos la sombra,
y en cada rayo de su lumbre pura,
como viviente polvareda de oro
un torbellino de átomos fulgura.

Aire, calor y luz, todo allí enerva,
todo al sueño hace coro;
el tibio aroma de florida hierba,
de agua corriente el pertinaz murmullo,
silencio, soledad, bóveda obscura,
y por remate el soñador arrullo
de la tórtola errando por la altura.

Él contempla a su amada,
recostado de un árbol en el tronco,
roja la faz, ardiente la mirada,
estremecido y respirando ronco.
A ella tanto el cansancio la sofoca
que al querer suspirar, acongojado,
muere el suspiro en su entreabierta boca,
y su seno turgente y levantado,
al ritmo de su aliento
se eleva y se deprime acelerado
como lona azotada por el viento.