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Alfred Nobel

El poema del Apure
Andrés Eloy Blanco

A Leonte Olivo


Aquí, en el río pasmado,
el pelo desmelenado,
preso en el labio un cantar,
desnudas sus gracias blondas,
el amor de ondas y ondas,
mi Musa se va a bañar.
Tarde borracha: el ocaso
llena de vino el gran vaso
del cielo, con su tonel;
el río está purpurino,
como si el celeste vino
se derramara por él.

Cruza una garza los cielos
y empapa los rojos velos
con su copo de algodón,
en tanto hila en su hipnotismo
su ensueño de paludismo
la charca en cavilación.
Con entusiasmo argentino
viene del campo vecino
el relincho de un corcel;
en la lejanía en calma
pinta nubes una palma,
como un lejano pincel.
Peina el río una piragua,
y agitada, rompe el agua
su vasta meditación,
mientras barcas encalladas
añoran, paralizadas,
caimanes en oración.

En un recodo indolente
asume la amplia corriente
curvas de mujer carnal,
y en sus aguzadas proas
proyectan largas canoas
su alfilerazo sensual.
El ocaso, preso en llamas,
pinta lentos panoramas
en los cambiantes de tul;
lengua de fuego que sube,
lame el vientre de la nube,
y ruboriza el azul.
El crepúsculo se apaga
lentamente, en una vaga
mediatinta de carmín;
el río, en un gris desmayo,
con su cola de caballo
se sacude hasta el confín.

Y al fin, el cielo, en un lampo,
que es mar, y es monte, y es campo,
da una verde claridad,
cual si en festines sonoros
una bandada de loros
cruzara la inmensidad
Bajo cielos amatistas
sueñan caimanes budistas
su presa de carne en flor,
y entre mutismo y mutismo,
destila sobre el abismo
la copla del pescador.

Al pasar de orilla a orilla
un breve barco acuchilla
la serenidad sin fin,
y al atravesar el barco
es musical como un arco
que pasa sobre un violín.
Cuando el hombre de los llanos
hunde en el río las manos
y acompasa una canción,
el agua, el pródigo hisopo,
rocía el pie del joropo
y el pecho del galerón.

¡El abuelo! ¡el río viejo,
que copió como un espejo
tantas luchas al pasar;
si sus riberas hablaran,
cuántas cosas me contaran
que no debiera olvidar!
¡Cuántas veces, río amado,
el cacique derrotado
vino a llorar hasta aquí,
y la india en la ribera,
trenzando su cabellera,
se puso a mirarse en ti!
¡Al frescor de tu cariño,
surgió del mestizo niño
el varón, y echó a correr,
con la emoción que sintiera
al mirar, por vez primera,
bañándose una mujer!
¡Allí, donde se encontraron,
indio y guaricha apretaron
corazón con corazón,
y en la playa, blando lecho,
se hinchó en cosquillas un pecho
bajo el ala de un plumón!

¡Cuántas veces en tu cuna
bebió su nueva fortuna
el viejo conquistador,
y a la sed de la garganta,
tu agua dulce, tu agua santa,
fue amarga para el Señor!
¡ Pero, cuando Él vino a verte,
cuando, hostigando a la suerte,
vino a ti el Fatigador,
con qué claras golosinas,
colmaste de aguas divinas
la sed del Libertador!
¿Quién no se siente a tu lado
amoroso hasta el pecado,
o heroico hasta la pasión,
si extendida en la llanura
sacude tu franja oscura
revuelos de pabellón?

¡Ahora comprendo, ahora,
por qué tu savia sonora
dio a la Patria tanto sol;
ahora entiendo la derrota
que en las pampas alborota
los ojos del español!
¡Siento a Páez y a Las Queseras,
donde en celestes praderas
fue su potro volador,
y el lazo de tus lanceros
enlazó siete luceros
para el cielo tricolor!
¡Ahora siento el instante
que el Catire alucinante
eriza de tempestad,
cuando en tus aguas avanza,
buscando a punta de lanza
su pesca de libertad!
¡Salve al pasar, noble río,
vena azul, nervio bravío,
envidia del manantial,
cinta en paz, foete en la guerra,
y en los llantos de mi tierra
rumoroso lagrimal!
¡Cristo-Rey de la llanura,
lleva al mar de la amargura
el Orinoco su cruz,
y tú, centurión y loco,
das de flanco al Orinoco
tu puñalada de luz!
¡Río gris, trémula vía,
vaya tu eterna armonía,
de un palmar a otro palmar,
profunda seda mojada,
como una larga mirada
que el llanto le tiende al mar!
¡Ésta es mi patria! En mi río
siento lo mío más mío,
porque aquí recuerdo yo
que luchando brazo a brazo,
con la sangre de un flechazo
un indio me bautizó.

¡Venid, oh lanzas benditas,
llaneros que en Mucuritas
cansasteis al avatar,
que un poeta quiere veros
y al pensar en sus llaneros
le dan ganas de llorar!