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Alfred Nobel


 

 

 

Está la noche serena,
PARTE SEGUNDA


Está la noche serena,
de luceros coronada,

terso el azul de los cielos

como transparente gasa.

Melancólica la luna

va trasmontando la espalda

del otero: su alba frente

tímida apenas levanta,

y el horizonte ilumina,

pura virgen solitaria,

y en su blanca luz süave

el cielo y la tierra baña.

Deslízase el arroyuelo

fúlgida cinta de plata

al resplandor de la luna,

entre franjas de esmeralda.

Argentadas chispas brillan

entre las espesas ramas,

y en el seno de las flores

tal vez aduermen las auras.

Tal vez despiertas susurran,

y al desplegarse sus alas,

mecen el blanco azahar,

mueven la aromosa acacia,

y agitan ramas y flores

y en perfumes se embalsaman:

tal era pura esta noche

como aquella en que sus alas

los ángeles desplegaron

sobre la primera llama

que amor encendió en el mundo,

del Edén en la morada.

¡Una mujer! ¿Es acaso

blanca silfa solitaria,

que entre el rayo de la luna

tal vez misteriosa vaga?

Blanco es su vestido, ondea

suelto el cabello a la espalda.

Hoja tras hoja las flores

que lleva en su mano, arranca.

En su paso incierto y tardo,

inquietas son sus miradas,

mágico ensueño parece

que halaga engañosa el alma.

Ora, vedla, mira al cielo,

ora suspira, y se para:

una lágrima sus ojos

brotan, acaso, y abrasa

su mejilla; es una ola

del mar que en fiera borrasca

el viento de las pasiones

ha alborotado en su alma.

Tal vez se sienta, tal vez

azorada se levanta;

el jardín recorre silenciosa,

tal vez a escuchar se para.

Es el susurro del viento,

es el murmullo del agua,

no es su voz, no es el sonido

melancólico del arpa.

Son ilusiones que fueron:

recuerdos ¡ay! que te engañan,

sombras del bien que pasó...

ya te olvidó el que tú amas.

esa noche y esa luna

las mismas son que miraran

indiferentes tu dicha,

cual ora ven tu desgracia.

¡Ah llora sí, pobre Elvira!

¡Triste amante abandonada!

Esas hojas de esas flores

que distraída tú arrancas,

¿sabes adónde, infeliz,

el viento las arrebata?

Donde fueron tus amores,

tu ilusión y tu esperanza.

Deshojadas y marchitas,

pobres flores de tu alma!

Blanca nube de la aurora,

teñida de ópalo y grana,

naciente luz te colora,

refulgente precursora

de la cándida mañana.

Mas ¡ay!, que se disipó

tu pureza virginal,

tu encanto el aire llevó

cual la ventana ideal

que el amor te prometió.

Hojas del árbol caídas

juguetes del viento son:

las ilusiones perdidas,

¡ay!, son hojas desprendidas

del árbol del corazón.

¡El corazón sin amor!

páramo cubierto

con la lava del dolor,

oscuro inmenso desierto

donde no nace una flor!

Distante un bosque sombrío,

el sol cayendo en la mar,

en la playa un aduar,

y a lo lejos un navío

viento en popa navegar;

óptico vidrio presenta

en fantástica ilusión,

y al ojo encantado ostenta

gratas visiones, que aumenta

rica la imaginación.

Tú eres, mujer, un fanal

transparente de hermosura:

¡ay de ti!, si por tu mal

rompe el hombre en su locura

tu misterioso cristal.

Mas ¡ay!, dichosa tú, Elvira,

en tu misma desventura,

que aún deleites te procura

cuando tu pecho suspira,

tu misteriosa locura:

que es la razón un tormento,

y vale más delirar

sin juicio, que el sentimiento

cuerdamente analizar,

fijo en él el pensamiento.

***

Vedla, allí va que sueña en su locura
presente el bien que para siempre huyó.

Dulces palabras con amor murmura:

piensa que escucha al pérfido que amó.

Vedla, postrada su piedad implora

cual si presente le mirara allí:

vedla, que sola se contempla y llora,

miradla delirante sonreír,

Y su frente en revuelto remolino

ha enturbiado su loco pensamiento,

como nublo que en negro torbellino

encubre el cielo y amontona el viento,

vedla cuidadosa escoger flores,

y las lleva mezcladas en la falda,

y, corona nupcial de sus amores,

se entretiene en tejer una guirnalda.

Y en medio de su dulce desvarío

triste recuerdo el alma le importuna,

y al margen va del argentado río,

y allí las flores echa de una en una;

y las sigue su vista en la corriente,

una tras otra rápidas pasar,

y confusos sus ojos y su mente

se siente con sus lágrimas ahogar:

y de amor canta, y en su tierna queja

entona melancólica canción,

canción que el alma desgarrada deja,

lamento ¡ay!, que llaga el corazón.

***

¿Qué me valen tu calma y tu terneza,

tranquila noche, solitaria luna,

si no calmáis del hado la crudeza,

ni me dais esperanza de fortuna?

¿Qué me valen la gracia y la belleza,

y amar como jamás amó ninguna,

si la pasión que el alma me devora,

la desconoce aquel que me enamora?

Lágrimas interrumpen su lamento,

inclinan sobre el pecho su semblante,

y de ella en derredor susurra el viento

sus últimas palabras, sollozante.

***

Murió de amor la desdichada Elvira,

cándida rosa que agostó el dolor,

süave aroma que el viajero aspira

y en sus alas el aura arrebató.

Vaso de bendición, ricos colores

reflejó en su cristal la luz del día,

mas la tierra empañó sus resplandores,

y el hombre lo rompió con mano impía.

Una ilusión acarició su mente:

alma celeste para amar nacida,

era el amor de su vivir la fuente,

estaba junto a su ilusión su vida.

Amada del Señor, flor venturosa,

llena de amor murió y de juventud:

despertó alegre una alborada hermosa,

y a la tarde durmió en el ataúd.

Mas despertó también de su locura

al término postrero de su vida,

y al abrirse a sus pies la sepultura,

volvió a su mente la razón perdida.

¡La razón fría! la verdad amarga,

¡el bien pasado y el dolor presente!...

Ella feliz, que de tan dura carga

sintió el peso al morir únicamente.

Y conociendo ya su fin cercano,

su mejilla una lágrima abrasó;

y así al infiel con temblorosa mano,

moribunda su víctima escribió:

«Voy a morir: perdona si mi acento

vuela importuno a molestar tu oído:

él es, don Félix, el postrer lamento

de la mujer que tanto te ha querido.

La mano helada de la muerte siento...

Adiós, ni amor ni compasión te pido...

Oye y perdona si al dejar el mundo,

arranca un ¡ay!, su angustia al moribundo,

¡ah!, para siempre adiós. Por ti mi vida

dichosa un tiempo resbalar sentí,

y la palabra de tu boca oída,

éxtasis celestial fué para mí.

Mi mente aún goza la ilusión querida

que para siempre ¡mísera!, perdí...

¡Ya todo huyó, despareció contigo!

¡Dulces horas de amor, yo las bendigo!

«Yo las bendigo, sí, felices horas,

presentes siempre en la memoria mía,

imágenes de amor encantadoras,

que aún vienen a halagarme en mi agonía.

Mas ¡ay!, volad, huid, engañadoras

sombras, por siempre; mi postrero día

ha llegado: perdón, perdón. ¡Dios mío!,

si aún gozo en recordar mi desvarío.

«Y tú, don Félix, si te causa enojos

que te recuerde yo mi desventura,

piensa están haítos de llorar mis ojos

lágrimas silenciosas de amargura,

y hoy, al tragar la tumba mis despojos,

concede este consuelo a mi tristura:

estos renglones compasivo mira,

y olvida luego para siempre a Elvira.

«Y jamás turbe mi infeliz memoria

con amargos recuerdos tus placeres;

goces te dé el vivir, triunfos la gloria,

dichas el mundo, amor otras mujeres:

y si tal vez mi lamentable historia

a tu memoria con dolor trajeres,

llórame, sí; pero palpite exento

tu pecho de roedor remordimiento.

«Adiós por siempre, adiós: un breve instante

siento de vida, y en mi pecho el fuego

aún arde de mi amor; mi vista errante

vaga desvanecida... ¡calma luego,

oh muerte, mi inquietud!... ¡Sola... expirante!...

Amame: no, perdona: ¡inútil ruego!

Adiós, adiós ¡tu corazón perdí!

-¡Todo acabó en el mundo para mí!

Así escribió su triste despedida

momentos antes de morir, y al pecho

se estrechó de su madre dolorida,

que en tanto inunda en lágrimas su lecho.

Y exhaló luego su postrer aliento,

y a su madre sus brazos se apretaron

con nervioso y convulso movimiento,

y sus labios un nombre murmuraron.

Y huyó su alma a la mansión dichosa

do los ángeles moran... Tristes flores

brota la tierra en torno de su losa,

el céfiro lamenta sus amores.

Sobre ella un sauce su ramaje inclina,

sombra le presta en lánguido desmayo,

y allí en la tarde, cuando el sol declina,

baña su tumba en paz su último rayo...

JOSÉ DE ESPRONCEDA