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Alfred Nobel


 

 

El estudiante de Salamanca

PARTE PRIMERA

Sus fueros, sus bríos, sus premáticas, su voluntad.

Don Quijote.- Parte primera
Era más de medianoche

antiguas historias cuentan,

cuando en sueño y en silencio

lóbrega envuelta la tierra,

los vivos muertos parecen,

los muertos la tumba dejan.

Era la hora en que acaso

temerosas voces suenan

informes, en que se escuchan

tácitas pisadas huecas,

y pavorosas fantasmas

entre las densas tinieblas

vagan, y aúllan los perros

amedrentados al verlas:

en que tal vez la campana

de alguna arruinada iglesia

da misteriosos sonidos

de maldición y anatema,

que los sábados convoca

a las brujas a su fiesta.

El cielo estaba sombrío,

no vislumbraba una estrella,

silbaba lúgubre el viento,

y allá en el aire, cual negras

fantasmas, se dibujaban

las torres de las iglesias,

y del gótico castillo

las altísimas almenas,

donde canta o reza acaso

temeroso el centinela.

Todo en fin a medianoche

reposaba, y tumba era

de sus dormidos vivientes

la antigua ciudad que riega

el Tormes, fecundo río,

nombrado de los poetas,

la famosa Salamanca,

insigne en armas y letras,

patria de ilustres varones,

noble archivo de las ciencias.

Súbito rumor de espadas

cruje y un ¡ay!, se escuchó;

un ay moribundo, un ay

que penetra el corazón

que hasta los tuétanos hiela

y da al que lo oyó temblor.

Un ¡ay!, de alguno que al mundo

pronuncia el último adiós.

El ruido cesó,

un hombre pasó embozado,

el sombrero recatado

a los ojos se caló.

Se desliza y atraviesa

junto al muro de una iglesia

y en la sombra se perdió.

Una calle estrecha y alta,
la calle del Ataúd,

cual si de negro crespón

lóbrego eterno capuz

la vistiera, siempre oscura

y de noche sin más luz

que la lámpara que alumbra

una imagen de Jesús,

atraviesa el embozado

la espada en la mano aún,

que lanzó vivo reflejo

al pasar frente a la cruz.

Cual suele la luna tras lóbrega nube
con franjas de plata bordarla en redor,

y luego si el viento la agita, la sube

disuelta a los aires en blanco vapor:

así vaga sombra de luz y de nieblas,

mística y aérea dudosa visión,

ya brilla, o la esconden las densas tinieblas

cual dulce esperanza, cual vana ilusión.

La calle sombría, la noche ya entrada,

la lámpara triste ya pronta a expirar,

que a veces alumbra la imagen sagrada

y a veces se esconde la sombra a aumentar.

El vago fantasma que acaso aparece

y acaso se acerca con rápido pie,

y acaso en las sombras tal vez desparece,

cual ánima en pena del hombre que fué,

al más temerario corazón de acero

recelo inspirara, pusiera pavor;

al más maldiciente feroz bandolero

el rezo a los labios trajera el temor.

Mas no al embozado, que aún sangre su espada

destila, el fantasma terror infundió,

y, el arma en la mano con fuerza empuñada,

osado a su encuentro despacio avanzó.

Segundo don Juan Tenorio,
alta fiera e insolente,

irreligioso y valiente,

altanero y reñidor:

Siempre el insulto en los ojos,

en los labios la ironía

nada teme y todo fía

de su espada y su valor.

Corazón gastado, mofa

de la mujer que corteja,

y, hoy despreciándola, deja

la que ayer se le rindió.

Ni el porvenir temió nunca,

ni recuerda en lo pasado,

la mujer que ha abandonado,

ni el dinero que perdió.

Ni vió el fantasma entre sueños

del que mató en desafío,

ni turbó jamás su brío

recelosa previsión.

Siempre en lances y en amores,

siempre en báquicas orgías,

mezcla en palabras impías

un chiste a una maldición.

En Salamanca famoso

por su vida y buen talante,

al atrevido estudiante

le señalan entre mil;

fuero le da su osadía,

le disculpa su riqueza,

su generosa nobleza,

su hermosura varonil.

Que en su arrogancia y sus vicios,

caballeresca apostura,

agilidad y bravura

ninguno alcanza a igualar:

que hasta en sus crímenes mismos,

en su impiedad y altiveza,

pone un sello de grandeza

don Félix de Montemar.

Bella y más pura que el azul del cielo
con dulces ojos lánguidos y hermosos,

donde acaso el amor brilló entre el velo

del pudor que los cubre candorosos;

tímida estrella que refleja al suelo

rayos de luz brillantes y dudosos,

ángel puro de amor que amor inspira

fué la inocente y desdichada Elvira.

Elvira, amor del estudiante un día,

tierna y feliz y de su amante ufana,

cuando al placer su corazón se abría,

como al rayo del sol rosa temprana;

de aquel fingido amor que la mentía,

la miel falaz que de sus labios mana

bebe en su ardiente sed, el pecho ajeno

de que oculto en la miel hierve el veneno.

Que no descansa de su madre en brazos

más descuidado el candoroso infante,

que ella en los falsos lisonjeros lazos

que teje astuto el seductor amante:

dulces caricias, lánguidos abrazos,

placeres; ¡ay!, que duran un instante,

que habrán de ser eternos imagina

la triste Elvira en su ilusión divina.

Que el alma virgen que halagó un encanto

con nacarado sueño en su pureza,

todo lo juzga verdadero y santo,

presta a todo virtud, presta belleza.

Del cielo azul al tachonado manto,

del sol radiante a la inmortal riqueza,

al aire, al campo, a las fragantes flores,

ella añade esplendor, vida y colores.

Cifró en don Félix la infeliz doncella

toda su dicha, de su amor perdida;

fueron sus ojos a los ojos de ella

astros de gloria, manantial de vida.

Cuando sus labios con sus labios sella,

cuando su voz escucha embebecida,

embriagada del dios que la enamora,

dulce le mira, extática le adora.

José de Espronceda