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Alfred Nobel

 



EPISTOLA A BERMUDO SOBRE LOS VANOS DESEOS
Y ESTUDIO DE LOS HOMBRES

Sus, alerta, Bermudo, y pon en vela

tu corazón. Rabiosa la fortuna

le acecha, y mientras arrullando a otros,

los adormece en mal seguro sueño,

súbito asalto quiere dar al tuyo.

El golpe atroz, con que arruinó sañuda

tu pobre estado su furor no harta,

si de tu pecho desterrar no logra

la dulce paz que a la inocencia debe.

Tal es su condición, que no tolera

que a su despecho el hombre sea dichoso.

Así a tus ojos insidiosa ostenta

las fantasmas del bien, que va sembrando

sobre la senda del favor, y pugna

por arrancar de tu virtud los quicios.

Guay, no la atiendas; mira que robarte

quiere la dicha que en tu mano tienes.

No está en la suya, no; puede a su grado

venturosos hacer, mas no felices.

¿Lo extrañas? ¿Quieres, como el vulgo idiota,

de la felicidad y la fortuna

los nombres confundir, o por los vanos

bienes y gustos con que astuta brinda

el verdadero bien medir? ¡Oh engaño

de la humana razón! Di, ¿qué promete

digno de un ser, que a tan excelsa dicha

destinado nació? ¡Pesa sus dones

de tu razón en la balanza, y mira

cuánta es su liviandad! Hay quien, ardiendo

en pos de gloria y rumoroso nombre,

suda, se afana, despiadado, al precio

de sangre y fuego y destrucción le compra;

mas si la muerte con horrendo brazo

de un alto alcázar su pendón tremola,

se hincha su corazón, y hollando fiero

cadáveres de hermanos y enemigos,

un triunfo canta, que en secreto llora

su alma horrorizada. Altivo menos,

empero astuto más, otro suspira

por el inquieto y mal seguro mando,

y adula, y va solícito siguiendo

el aura del favor; su orgullo esconde

en vil adulación; sirve y se humilla

para ensalzarse; y a la cumbre toca,

irgue altanero la ceñuda frente,

y sueño y gozo interior sosiego

al esplendor del mando sacrifica;

mas mientra incierto en lo que goza teme,

a un giro instable de la rueda cae

precipitado en hondo y triste olvido.

Tal otro busca con afán estados,

oro y riquezas; tierras y tesoros,

¡ah! con sudor y lágrimas regados,

su sed no apagan. Junta, ahorra, ahúcha,

mas con sus bienes crece su deseo,

y cuanto más posee más anhela.

Así, la llave del arcón en mano,

pobre se juzga, y pues lo juzga, es pobre.

A otra ilusión consagra sus vigilias

aquel que huyendo de la luz y el lecho

de la esposa y amigos, la alta noche

en un garito o mísera zahúrda

con sus viles rivales pasa oculto.

Entre el temor fluctúa y la esperanza

su alma atormentada. Hele: ya expuso,

con mano incierta y pecho palpitante,

a la vuelta de un dado su fortuno.

Cayó la suerte; pero ¿qué le brinda?

¿Es buena? Su ansia y su zozobra crecen.

¿Aciaga? ¡Oh Dios!, le abruma y le despeña

en vida infame o despechada muerte.

¿Y es más feliz quien fascinado al brillo

de unos ojuelos arde y enloquece,

y vela, y ronda, y ruega, y desconfía,

y busca al precio de zozobra y penas

el rápido placer de un solo instante?

No le guía el amor, que en pecho impuro

entrar no puede su inocente llama.

Sólo le arrastra el apetito; ciego

se desboca en pos de él. Mas ¡ay!, que si abre

con llave de oro al fin el torpe quicio,

envuelta en su placer traga su muerte.

Pues mira a aquél, que abandonado al ocio,

ve vacías huir las raudas horas

sobre su inútil existencia. ¡Ah! lentas

las cree aún, y su incesante curso

precipitar quisiera; en qué gastarlas

no sabe, y entra, y sale, y se pasea,

fuma, charla, se aburre, torna, vuelve,

y huyendo siempre del afán, se afana.

Mas ya en el lecho está: cédele al sueño

la mitad de la vida, y aun le ruega

que la enojosa luz le robe. ¡Oh necio!

¿A la dulzura del descanso aspiras?

Búscala en el trabajo. Sí, en el ocio

siempre tu alma roerá el fastidio,

y hallará en tu reposo su tormento.

Mas ¿qué, si a Baco y Ceres entregado

y arrellanado ante su mesa, engulle

de uno al otro crepúscúlo, poniendo

en su vientre a su dios y a su fortuna?

La tierra y mar no bastan a su gula.

Lenguaraz y glotón, con otros tales

en francachelas y embriagueces pasa

sus vanos días, y entre obscenos brindis,

carcajadas y broma disoluta,

se harta sin tasa y sin pudor delira;

mas a fuerza de hartarse, embota y pierde

apetito y estómago. Ofendida

Naturaleza, insípidos le ofrece

los sabores que al pobre deliciosos.

En vano espera de una y otra India

estímulos, en vano pide al arte

salsas que ya su paladar rehúsa;

el ansia crece y el vigor se agota,

y así consunto en medio a la carrera,

antes su vida que su gula acaba.

¡Oh placeres amargos! ¡Oh locura

de aquel que los codicia, y humillado

ante un mentido numen los implora!

¡Oh, y cuál la diosa pérfida le burla!

Sonríele tal vez, empero nunca

de angustia exento o sinsabor le deja,

que a vueltas del placer le da fastidio,

y en pos del goce, saciedad y tedio.

Si le confía, luego un escarmiento

su mal prevista condición descubre.

Avara, nunca sus deseos llena;

voltaria, siempre en su favor vacila;

inconstante y cruel, aflige ahora

al que halagó poco ha, ahora derriba

al que ayer ensalzó, y ora del cieno

otro a las nubes encarama, sólo

por derribarle con mayor estruendo.

¿No ves, con todo, aquella inmensa turba,

que, rodeando de tropel su templo,

se avanza al aldabón, de incienso hediondo

para ofrecer al ídolo cargada?

¡Huye de ella, Bermudo! ¡No el contagio

toque a tu alma de tan vil ejemplo!

Huye, y en la virtud busca tu asilo,

que ella feliz te hará. No hay, no lo pienses,

dicha más pura que la dulce calma

que inspira al varón justo. Ella modesto

le hace en prosperidad, ledo y tranquilo

en sobria medianía, resignado

en pobreza y dolor. Y si bramando

el huracán de la implacable envidia,

le hunde en infortunio, ella piadosa

le acorre y salva, su alma revistiendo

de alta, noble y longánime constancia.

¡Y qué si hasta su premio alza la vista!

¿Hay algo, di, que a la esperanza iguale

de la inmortal corona que le atiende?

Mas te oigo preguntar: «Aqueste instinto,

que mi alma eleva a la verdad, esta ansia

de indagar y saber, ¿será culpable?

¿No podré hallar, siguiéndola, mi dicha?

¿Condenarásla?» No. ¿Quién se atreviera,

quién, que su origen y su fin conozca?

Sabiduría y virtud son dos hermanas

descendidas del cielo para gloria

perfección del hombre. Le alejando

del vicio y del engaño, ellas le acercan

a la divinidad. Sí, mi Bermudo;

mas no las busques en la falsa senda

que a otros, astuta, muestra la fortuna.

¿Dónde pues? Corre al templo de Sofía,

y allí las hallarás. Ruégala... ¡Mira

cuál se sonríe! Instala, interpone

la intercesión de las amables musas,

y te la harán propicia. Pero guarte,

que si no cabe en su favor engaño,

cabe en el culto que le da insolente

el vano adorador. Nunca propicia

la ve quien, oro o fama demandando,

impuro incienso quema ante sus aras.

¿No ves a tantos como de ellas tornan

de orgullo llenos, de saber vacíos?

¡Ay del que, en vez de la verdad, iluso,

su sombra abraza! En la opinión fiado,

el buen sendero dejará, y sin guía

de razón ni virtud, tras las fantasmas

del error correrá precipitado.

¿El sabio entonces hallará la dicha

en las quimeras que sediento busca?

¡Ah!, no: tan sólo vanidad y engaño.

Mira en aquel, a quien la aurora encuentra

midiendo el cielo, y de los astros que huyen

las esplendentes órbitas. Insomne,

aun a la noche llama presurosa,

y acusa al astro que su afán retarda.

Vuelve, la obra portentosa admira,

sin ver la mano que la obró. Se eleva

sobre las lunas de Urano, y de un vuelo

desde la Nave a los Triones pasa.

Mas ¿qué siente después? Nada; calcula,

mide, y no ve que el cielo, obedeciendo

la voz del grande Autor, gira, y callado,

horas hurtando a su existencia ingrata,

a un desengaño súbito le acerca.

Otro, del cielo descuidado, lee

en el humilde polvo y le analiza.

Su microscopio empuña; ármale y cae

sobre un átomo vil. ¡Cuán necio triunfa,

si allí le ofrece el mágico instrumento

leve señal de movimiento y vida!

Su forma indaga, y demandando al vidro

lo que antevió su ilusa fantasía,

cede al engaño y da a la vil materia

la omnipotencia que al gran Ser rehúsa.

Así delira ingrato, mientras otro

pretende escudriñar la íntima esencia

de este sublime espíritu que le anima.

¡Oh cuál le anatomiza, y cual si fuese

un fluïdo sutil, su voz, su fuerza,

y sus funciones y su acción regula!

Mas ¿qué descubre? Sólo su flaqueza,

que es dado al ojo ver el alto cielo,

pero verse a sí, en sí, no le fue dado.

Con todo, osada su razón penetra

al caos tenebroso; le recorre

con paso titubeante, y desdeñando

la lumbre celestial, en los senderos

y laberintos del error se pierde.

Confuso así, mas no desengañado,

entre la duda y la opinión vacila.

Busca la luz, y sólo palpa sombras.

Medita, observa, estudia, y sólo alcanza

que cuanto más aprende, más ignora.

Materia, forma, espíritu, movimiento,

y estos instantes que incesantes huyen,

y del espacio el piélago sin fondo,

sin cielo y sin orillas: nada alcanza,

nada comprende. Ni su origen halla,

ni su término, y todo lo ve, absorto

de eternidad en el abismo hundirse.

Tal vez, saliendo de él más deslumbrado,

se arroja a alzar el temerario vuelo

hasta el trono de Dios, y presuntuoso,

con débil luz escudriñar pretende

lo que es inescrutable. Sondeando

de la divina esencia el golfo inmenso,

surca ciego por él. ¿Qué hará sin rumbo?

Dudas sin cuento en su ignorancia busca,

y las propone y las disputa, y piensa

que la ignorancia que excitarlas supo

resolverlas sabrá. ¿Viste, oh Bermudo,

intento más audaz? ¡Qué! ¡sin más lumbre

que su razón, un átomo podría

incomprensible comprender? ¿Linderos

en lo inmenso encontrar? ¿Y en lo infinito,

principio, medio o fin? ¡Oh Ser eterno!

¿Has dado al hombre parte en tus consejos?

¿O en el santuario, a su razón cerrado,

le admites ya? ¿Tan alta es la tarea

que a su débil espíritu confiaste?

No, no es ésta, Bermudo. Conocerle

y adorarle en sus ubras, derretirse

en gratitud y amor por tantos bienes

como benigno en tu mansión derrama,

cantar su gloria y bendecir su nombre:

he aquí tu estudio, tu deber, tu empleo,

y de tu ser y tu razón la dicha.

Tal es, oh dulce amigo, la que el sabio

debe buscar, mientras los necios la huyen.

¿Saber pretendes? Franca está la senda:

perfecciona tu ser y serás sabio;

ilustra tu razón, para que se alce

a la verdad eterna, y purifica

tu corazón, para que la ame y siga.

Estúdiate a ti mismo, pero busca

la luz en tu Hacedor. Allí la fuente

de alta sabiduría, allí tu origen

verás escrito, allí el lugar que ocupas

en su obra magnífica, allí tu alto

destino, y la corona perdurable

de tu ser, sólo a la virtud guardada.

Sube, Bermudo, allí; busca en su seno

esta verdad, esta virtud, que eternas

de su saber y amor perenne manan;

que si las buscas fuera de él, tinieblas,

ignorancia y error hallarás sólo.

De este saber y amor lee un destello

en tantas criaturas como cantan

su omnipotencia, en la admirable escala

de perfección con que adornarlas supo,

en el orden que siguen, en las leyes

que las conservan y unen, y en los fines

de piedad y de amor que en todas brillan

y la bondad de su Hacedor pregonan.

Ésta tu ciencia sea, ésta tu gloria.

Serás sabio y feliz si eres virtuoso,

que la verdad y la virtud son una.

Sólo en su posesión está la dicha,

y ellas tan sólo dar a tu alma pueden

segura paz en tu conciencia pura,

en la moderación de tus deseos

libertad verdadera, y alegría

de obrar y hacer el bien en la dulzura.

Lo demás, viento, vanidad, miseria.

Gaspar Melchor de Jovellanos