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Alfred Nobel

 

EPISTOLA A BATILO


Verdes campos, florida y ancha vega,

donde Bernesga próvido reparte

su onda cristalina; alegres prados,

antiguos y altos chopos, que su orilla

bordáis en torno, ¡ah, cuánto gozo, cuánto

a vuestra vista siente el alma mía!

¡Cuán alegres mis ojos se derraman

sobre tanta hermosura! ¡Cuán inquietos,

cruzando entre las plantas y las flores,

ya van, ya vienen por el verde soto

que al lejano horizonte dilatado

en su extensión y amenidad se pierde!

Ora siguen las ondas transparentes

del ancho río, que huye murmurando

por entre las sonoras piedrezuelas;

ora de presto impulso arrebatados

se lanzan por las bóvedas sombrías

que a lo largo del soto, entretejiendo

sus copas, forman los erguidos olmos,

y mientras van acá y allá vagando,

la dulce soledad y alto silencio

que reina aquí, y apenas interrumpen

el aire blando y las canoras aves,

de paz mi pecho y de alegría inundan.

¿Y hay quien de sí y vosotros olvidado

viva en afán o muera en el bullicio

de las altas ciudades? ¿Y hay quien, necio,

del arte las bellezas anteponga,

nunca de ti, oh Natura, bien copiadas,

a ti, su fuente y santo prototipo?

¡Oh ceguedad, oh loco devaneo,

oh míseros mortales! Suspirando

vais de contino tras la dicha, y mientras

seguís ilusos una sombra vana

os alejáis del centro que la esconde.

¡Ah! ¿dónde estás, dulcísimo Batilo,

que no la vienes a gozar conmigo

en esta soledad? Ven en su busca

do sin afán probemos de consuno

tan süaves delicias: corre, vuela,

y si la sed de más saber te inflama,

no creas que entre gritos y contiendas

la saciarás. ¡Cuitado!, no lo esperes,

que no escondió en las aulas rumorosas

sus mineros riquísimos Sofía.

Es más noble su esfera: el universo

es un código; estúdiale, sé sabio.

Entra primero en ti, contempla, indaga

la esencia de tu ser y alto destino.

Conócete a ti mismo, y de otros entes

sube al origen. Busca y examina

el orden general, admira el todo,

y al Señor en sus obras reverencia.

Estos cielos, cual bóveda tendidos

sobre el humilde globo, esa perenne

fuente de luz, que alumbra y vivifica

toda la creación, el numeroso

ejército de estrellas y luceros,

a un leve acento de su voz sembrados,

cual sutil polvo en la región etérea;

la luna en torno presidiendo augusta

de su alto carro a la callada noche;

esta vega, estos prados, este hojoso

pueblo de verdes árboles, que mueve

el céfiro con soplo regalado;

ésta, en fin, varia y majestuosa escena,

que de tu Dios la gloria solemniza,

a sí te llama y mi amistad alienta.

Ven, pues, Batilo, y a su santo nombre

juntos cantemos incesantes himnos

en esta soledad. Aquí un alcázar,

cuyo cimiento baña respetuoso

el río, y cuyas torres eminentes

a herir se atreven las sublimes nubes,

ofrece asilo a la virtud, que humilde

en él se oculta y vive respetada.

Huyendo un día del liviano mundo,

halló tranquilo, inalterable albergue

entre los hijos del patrón de España,

que adornados de blancas vestiduras

y la cruz roja en los ilustres pechos

llevando, aquí sus leyes reconocen,

y a Dios entonan santas alabanzas,

perenne incienso enviando hasta su trono.

¡Ah!, si no es dado a nuestra voz, Batilo,

turbar su trono con profano acento,

ven, y en silencio al Padre Omnipotente

humilde y pura adoración rindamos.

Después iremos a gozar, subidos

en el alto terrero, de la escena

noble y augusta que se ofrece en torno.

De allí verás el tortüoso giro

con que el Bernesga la atraviesa, y cómo,

su corriente por ella deslizando,

ora se pierde en la intrincada selva,

cual de su sombra y soledad ansioso,

ora en mil arroyuelos dividido,

isletas forma, cuyo breve margen

va de rocío y flores guarneciendo.

Después reúne su caudal, y cuando,

robadas ya las aguas del Torío,

baña orgulloso los lejanos valles,

súbito llega do sediento el Esla

sus claras ondas y su nombre traga.

Allí Naturaleza solemniza

tan rica unión, poblando todo el suelo

de verdor y frescura. Verás cómo

buscan después al órbigo, que a ellos

corre medroso, huyendo de su puente,

del celebrado puente que algún día

tembló a los botes de la fuerte lanza

con que su paso el paladín de Asturias

de tantos caballeros catalanes,

franceses y lombardos defendiera.

Aún dura en la comarca la memoria

de tanta lid, y la cortante reja

descubre aún por los vecinos campos

pedazos de las picas y morriones,

petos, caparazones y corazas,

en los tremendos choques quebrantados.

Mas si el amor patriótico te inflama

y de otro tiempo los gloriosos timbres

te place recordar, sígueme, y juntos

observemos la cumbre venerable

de los montes de Europa, el ardua cumbre

do nunca pudo el vuelo victorioso

de las romanas águilas alzarse,

que si ambicioso, sin ganarla, quiso

dar al orbe la paz un día Octavio,

cuando triunfara de su humilde falda,

su paso ella detuvo, y, no rendida,

ella fijó los términos del mundo.

Ve allí también do un día se acogiera

del árabe acosado el pueblo ibero,

su cuello al yugo bárbaro negando.

¡Oh venerable antemural! ¡Oh tiempo

de horror y de tumulto! ¡Oh gran Pelayo!

¡Oh valientes astures! A vosotros

su gloria debe y libertad la patria.

A vosotros la debe, y sin el triunfo

de vuestro brazo, el valle, do fogosa

mi canto enciende la española musa,

fuera para un tirano berberisco

hoy por sus fuertes hijos cultivado,

y la dorada mies para sustento

de un puebla esclavo y vil en él creciera.

De infamia tal salvóla vuestro esfuerzo:

de vuestro brazo a los mortales golpes

cayó aterrado el fiero mauritano;

su sangre inundó el suelo, y con las aguas

del Bernesga mezclada, llevó al hondo

océano su afrenta y vuestra gloria.

Ven, pues, Batilo, ven, y tu morada

por este valle mágico trocando,

la vana ciencia, la ambición y el lujo

a los livianos pechos abandona,

y el tuyo, no, para ellos no nacido,

con tan gratas memorias alimenta.

Gaspar Melchor de Jovellanos