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Alfred Nobel


 

 

EPITAFIO BURLESCO



Esta breve pizarra en hoyo poco

albo esqueleto encierra,

no de varón que armado de diamante

en mortífera guerra

apresuró el imperio de la muerte

del Tajo al Orinoco,

porque supo matar, nombre triunfante

del tiempo y del olvido.

Ni yace aquí, a basura reducido,

el encanto de amor, la rosa, el oro

que en lascivo cabello

almas aprisionó con lazo fuerte,

y a quien rindieron el cautivo cuello,

por antojo de fácil hermosura,

la verdad y justicia,

avasallando su ínclito decoro

de una ramera al imperioso ceño.

Ni aquí la sombra obscura

ennegrece los huesos formidables

de un animado lodo,

para cuya codicia,

según ansiaba su insaciable dueño,

se creó el universo todo, todo,

y quiso Dios que fuesen miserables

los animales que se llaman hombres.

Ni sella (no te asombres)

esta losa a un devoto, que cantando

himnos al Hacedor en compungido

tono y clamor doliente,

pálido, cabizbajo y penitente

dejaba el templo, y sus dineros sacros

derramaba en profanos simulacros,

mientra el mendigo mísero y transido

recibía a sus puertas,

a la ambición y al aparato abiertas,

vil ochavillo o tísica piltrafa;

en fin, no aquí la estafa

yace disuelta en polvo y podredumbre,

ni la ambición impía,

congoja y pesadumbre

la linajuda vanidad de un necio

que en la ajena virtud puso su precio,

y siendo abominable

de todo vicio escandalosa presa,

se juzgó ente sublime y adorable

porque serie de vulvas conocidas

al mundo le arrojaron;

no locos devaneos que llenaron

las regiones del orbe divididas

de terror con el oro o con el hierro.

Aquí descansa, oh caminante, un perro

de quien jamás el mundo tuvo quejas.

Defendió de los lobos las ovejas

con robusto vigor y ágiles zancas.

Sus dientes y carlancas

fueron defensa al tímido rebaño,

y atronando los vagos horizontes

con fiel ladrido en las nocturnas horas,

ahuyentó de los montes

las bestias carniceras,

y los hombres, más fieros que las fieras.

Hizo bien a su grey, a nadie daño

con intento maligno.

Agradeció leal parco sustento,

y vigilante, a su deber atento,

no a ambición, no a interés, no a gloria vana,

no a delicia liviana

le ajustó, mas a sola la obediencia

de obrar cual le dictó la Providencia.

Bien tan gran perro de epitafio es digno;

y si no lo confiesas, caminante,

búscale entre los héroes semejante.

JUAN PABLO FORNER