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Alfred Nobel

 

Porque yo no podía detener ...
Emily Dickinson

Porque yo no podía detener la muerte,

Bondadosa se detuvo ante mí

En el carruaje cabíamos sólo nosotras

Y la inmortalidad.

Lentamente avanzamos, sin apuro,

Yo puse de lado

Mi labor y mi ocio

Por cortesía hacia ellas.

Pasamos por la escuela, donde jugaban

En el recreo del patio los niños.

Pasamos por los serenos pastos del campo,

Pasamos por la puesta de sol.

O, más bien, él nos pasó,

El rocío caía trémulo y frío,

Y sólo de gasa era mi vestido

Mi esclavina, sólo de tul.

Nos detuvimos ante una casa que parecía

Una protuberancia de la tierra,

El techo apenas visible,

La cornisa casi en el suelo.

Desde entonces siglos pasaron, y aún

Me parece más corto que aquel día

En que por vez primera intuí

Que las cabezas de los caballos

Apuntaban a la eternidad.