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Alfred Nobel



 

 

LA GRAN BABEL

I

Refiere el vulgo agorero,
que de los cantos del mundo
el tarará fue el primero
y el tururú fue el segundo.
Y hay quien cree que estos sonidos
de tururú y tarará,
son los últimos gemidos
que una lengua al morir da.
Oye, y al fin de esta historia,
¡dichosos, Rafael, los dos,
si al perder la fe en la gloria,
aún nos queda la de Dios!

II

A un romano un caballero
regaló un pájaro un día,
que, lo mismo que un Homero,
voces del griego sabía.
Y es fama que el patrio idioma
charloteaba con tal fuego,
que al pájaro todo Roma
le llamó el último griego.
Si con preguntas la gente
le importunaba quizá,
respondía impenitente
el pájaro: - Tarará.
- ¿Qué es tarará? - preguntó
lleno el romano de celo.
Soñó un sabio, y contestó:
- ¿Tarará? Patria del cielo -.
Que a un sueño, hambrienta de fama
se agarra la tradición,
como un náufrago a la rama
prenda de su salvación.
Después de mucho aprender,
ni al cabo de la jornada
llegó el romano a saber
que tarará no era nada.
Sólo por presentimiento
pudo asegurar un día
que era el pájaro del cuento
el que más griego sabía.
Y es que sin duda perece,
cual lo mezquino también,
hasta aquello que merece
de Dios y la historia bien.

III

Pues dando a esta historia cima,
refiere otra tradición
que siendo virrey en Lima
nuestro conde de Chinchón,
le regalaron un día
un loro experto en historia,
el solo eco que existía
de la peruviana gloria.
- ¿Quién fue - le pregunta el conde -
el primer rey del Perú? -
Habla el loro, y le responde
en ronca voz: - Tururú.
- ¿Sabremos qué frase es ésta?
- dice a un sabio el español.
Sueña el sabio y le contesta:
- ¿Tururú? Patria del sol.
El pobre sabio aquí miente
cual mintió iluso el de allá.
¿Quién renuncia fácilmente
a la ilusión que se va?
Toda lengua y toda gloria,
cumplida ya su misión,
se tiende sobre la historia
como un fúnebre crespón.
Pues lo mismo aquí que allá
en Roma y en el Perú,
como el griego a un tarará,
llegó el inca a un tururú.
¡Paciencia! En queriendo el cielo
nuestras glorias eclipsar,
no nos deja más consuelo
que el consuelo de llorar.

IV

Muy pronto, Rafael, quizá,
por más que de ello te espantes,
cual Homero un tarará,
será un tururú Cervantes.
¡Cuánto los hombres se humillan
viendo el eclipse total
de estas estrellas que brillan
en nuestro mundo moral!
¡Ay! esta lengua en que está
brillando un vate cuan tú,
¿dará fin en tarará,
o acabará en tururú?
Corre el tiempo y confundido
lo grande con lo pequeño,
juntos en perpetuo olvido
los une en perpetuo sueño.
Mas tú, cual yo, a Dios alaba
pues ya sabemos los dos,
que allí donde todo acaba
es donde comienza Dios.

RAMÓN DE CAMPOAMOR