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Alfred Nobel



 

 

LA CAUTIVA


Ya el sol esconde sus rayos,
el mundo en sombras se vela,

el ave a su nido vuela,

busca asilo el trovador.

Todo calla: en pobre cama

duerme el pastor venturoso,

en su lecho suntüoso

se agita insomne el señor.

Se agita, mas ¡ay! reposa

al fin en su patrio suelo,

no llora en mísero duelo

la libertad que perdió;

los campos ve que a su infancia

horas dieron de contento,

su oído halaga el acento

del país donde nació.

No gime ilustre cautivo

entre doradas cadenas,

que si bien de encanto llenas,

al cabo cadenas son.

Si acaso triste lamenta,

en torno ve a sus amigos,

que, de su pena testigos,

consuelan su corazón.

La arrogante erguida palma

que en el desierto florece,

al viajero sombra ofrece,

descanso y grato manjar;

y, aunque sola, allí es querida

del árabe errante y fiero,

que siempre va placentero

a su sombra a reposar.

Mas ¡ay triste! yo cautiva;

huérfana y sola suspiro,

en clima extraño respiro,

y amo a un extraño también;

no hallan mis ojos mi patria;

humo han sido mis amores;

nadie calma mis dolores,

y en celos me siento arder.

¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar?... No puedo,

ni ceder a mi tristura,

ni consuelo en mi amargura

podré jamás encontrar.

Supe amar como ninguna,

supe amar correspondida;

despreciada, aborrecida,

¿no sabré también odiar?

¡Adiós, patria! ¡adiós, amores!

la infeliz Zoraida ahora

sólo venganzas implora,

ya condenada a morir.

No soy ya del castellano

la sumisa enamorada,

soy la cautiva cansada

ya de dejarse oprimir.

José de Espronceda