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Alfred Nobel



 

LA CANCIÓN DEL INVIERNO

 

Llueve. Negras nubes cubren el cielo azul
y ocultan el sol,
la luz, que, iluminando y calentando los cuerpos, calienta
e ilumina las almas.

Hace frío; hay oscuridad. También hay frío en el corazón y nieve en el alma.

El invierno crudo, con sus nieves y el cierzo que azota, marchita las flores.

En invierno, los días son oscuros como las noches.

En el sepulcro reina la eterna noche.

Cuando hay dulce tristeza, se duerme, y entonces se
sueña y son rosados los sueños.

En la tumba, donde también se duerme,
¿como serán,
¡oh Dios!, los sueños? Cuando se despierta,
se sonríe al recuerdo de las delicias
que vimos en el reposo. Luego,
se frunce el ceño y se nubla la frente, estamos junto a la realidad, los sueños fueron sueños nada más.

En la tumba, ¿no hay despertar? ¿No vienen tras forjadas ilusiones, hirientes realidades? ¿No habrá perfumes de flores, brillo de estrellas, luz de aurora, risas angélicas,
calor celestial en el espíritu? ¡Oh!, las almas no tienen, de seguro, nieblas invernales, flores marchitas, nubes que oculten los luceros, borrascas que despedacen las barquillas, espinas ni dardos para el corazón, ni zarzas
que arranquen las plumas de sus palomas inocentes.

En el mundo, después de la tibieza del sol en el día y los resplandores plateados de la luna, los rayos luminosos de las estrellas y los dulces rumores en las noches de la primavera y el estío, viene el invierno. ¡El invierno que da frío y que marchita las flores y las ilusiones y con ellas
la vida!

El invierno es triste,
es sombrío para los que no tienen
calor que conforte el cuerpo y alegres ilusiones
que animen el alma.

Pero bendito eres, viejo invierno, cuando se oye caer
la lluvia con lentitud, y la niebla densa nos rodea, y el frío llega con esa perezosa indolencia que nos invade, en tanto que, envueltos en suaves pieles, sentimos la luz que a la naturaleza falta, en el alma, y la primavera que se
aleja, en el corazón.

Oímos cantar a los pájaros, zumbar las abejas, mecerse en su tallo, graciosas, las azucenas, aspiramos el perfume de los heliotropos y los jazmines, escuchamos el rumor de la brisa en los altos árboles y vemos el rocío perlado que humedece la verde grama. Todo eso,
dentro del corazón.

¿Hay nieve?

¡Bien venida! ¡Cómo se va a blanquear esa lluvia
de plumas de cisne!

¿Hay frío?

No se siente; dentro del pecho hay una hoguera
que da vida, calor, luz.

¿Está todo mustio, marchitas las rosas,
sin hojas los árboles?

El alma está sonriendo. Allí hay flores cuyo perfume embriaga, allí nacen, crecen y son bellas, divinas plantas, hay allí música, armonía, versos, que animan, mientras con los ojos medio cerrados soñamos y alcanzamos ver, tras el manto gris del cielo, el rosa y azul de la aurora, con su sonrisa cepuscular.

Hace frío y llueve y nieva. Al teatro, al baile, donde mil y mil luces brillan. En las chimeneas arde el fuego; la música vibra triunfante, y en medio de las risas juguetonas , se bailan los valses que dan vértigo, en tanto que las ilusiones vuelan y giran como locas mariposas. Los ojos brillan negros y profundos unos, azules y tiernos otros, y los labios rosados se agitan murmurando las dulces palabras. Y se oye caer la lluvia, y a la luz de los faroles se ve la nieve como una sábana de plata,
y se dice en tanto:

-¡Qué bello! Sí, es muy bello así el invierno.

Qué horrible cuando se siente en el corazón y reina en el alma, y nos trae el frío que mata. Pasa y vuelve la primavera, y él aún no se aleja.

Pero cuando las rosas no se marchitan
y las mariposas
no dejan de volar, en el jardín del ensueño,
es hermoso
ver blanquear los techos, ver los árboles sin hojas y
el cielo plomizo. Alegre, acaricia el oído el ruido
acompasado de la lluvia.

¡Bendito seas, viejo invierno!

RUBÉN DARÍO