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Alfred Nobel

 

ALGO MÁS QUE PALABRAS

LA LUZ EN UNA
SOCIEDAD DE INTERESES

 

Ahora que tenemos tantos observatorios de vida desparramados por el mundo, se me ocurre proponer un laboratorio analítico de conductas. La primera que debería pasar por rayos, es la propia sociedad. Estoy seguro que ganan los infelices por mayoría absoluta a los felices. La estupidez de los intereses se ha convertido en el ídolo de la muchedumbre. El soborno entre poderes, la corrupción escudada en instituciones, los escándalos entre personas que debieran ser ejemplo en la buena dirección del timón, por desgracia, están a la orden del día. Calvario que nos desordena logros y nos desconcierta caridades. Coexisten grupos organizados para beneficio de sus afilados, no los afiliados para beneficio de un bien común. Cada uno coge el bastón por donde le conviene y arrea sapos por la boca según el lucro personalísimo. Esto es un caos de provechos (y aprovechados) al que habría que poner remedio.
Sucede que por no ser, no somos francos ni con nosotros mismos. Teniendo en cuenta que son las relaciones entre personas lo que da valor a esta sociedad, deberíamos hacer más vida desinteresada. Eso de que todavía la humanidad se divida por convites: los que tienen más almuerzos que hambre y los que tienen más hambre que almuerzos; causa verdadero pavor. Por mucha esperanza y almíbar que pongamos en Naciones Unidas, en los ofrecimientos, salvas y demás compromisos adquiridos, cuando la sociedad se disgrega y pierde el sentido común, resulta bastante difícil el cumplimiento de promesas. Cada día son menos las personas, o instituciones, que luchan contra el cúmulo de injusticias reinantes, incondicionalmente entregadas a sembrar convivencias; y más, los oportunistas, que se apuntan a llenarse los bolsillos con las migajas de los excluidos.
En vista de cómo está el patio de usuras, el saludable viento de la concordia del Premio Príncipe de Asturias, ha hecho justicia al devolvernos un poco de luz ante tantas sombras de rentas y botines puestas en veda, premiando a una de las congregaciones católicas más entregadas a un espíritu solidario, con razón son Hijas de la Caridad, porque su vida se fundamenta en la práctica de las virtudes de humildad, sencillez y caridad, añadidas a las del respeto, compasión y cordialidad para servir a los pobres. Llevan consigo, y hasta el infinito, el amor creativo. Estoy seguro que, si en la maquina social, el amor fuese motor y la persona amante, el clima sería más pacífico y el ambiente más pacificador.
Debemos emplearnos a fondo en cambiar esta sociedad repugnante de intereses. Siempre unidos, como la admirada y querida Compañía, a la que San Vicente imprime una originalidad propia, que conviene llevarse a los labios del corazón: “tendrán por monasterios, las casas de los enfermos; por celda, una habitación de alquiler; por capilla, la parroquia; por claustro, las calles de la ciudad y las salas de los hospitales; por clausura, la obediencia; por rejas, el temor de Dios; por velo, la santa modestia”. Bella expresión para abrazarse a esta vida que a veces se nos presenta como una cadena de fracasos.
Al fin y al cabo, podrá ser una comedia de enredo formar parte de la familia humana, pero estar fuera de ella, a todas luces, es una trágica tragicomedia. En todo caso, nos interesa interesarnos los unos por los otros, puesto que vivir en soledad es otra forma de morir.

Víctor Corcoba Herrero